Nota
VI:
Perón
siempre les tendió una mano amiga
Primera
parte
Por
Juan Gabriel Labaké
Mucho
se ha dicho y escrito, por parte de algunos historiadores y políticos
desafectos a Perón (digamos medios gorilas, o gorilas del todo), que el
General traicionó a los montoneros y, una vez usados para acceder al poder,
los tiró a la basura como limón exprimido.
Sin
embargo, los datos de la realidad indican todo lo contrario. Ya hemos
demostrado que tanto Perón como los montoneros se conocían mutuamente a la
perfección. El Viejo, que no era ni tonto ni ciego ni sordo, conocía la
verdadera ideología y las aspiraciones hegemónicas de los “montos” (que
incluían el infantil designio de
reemplazarlo a él por Firmenich). Y los montoneros proclamaban ante quienes
quisieran escucharlos sus diferencias ideológicas con Perón y su ansiosa
urgencia de sentar a uno de ellos en la conducción del Movimiento en el lugar
del Viejo.
Además,
los mismos datos de la realidad demuestran, sin ningún lugar a dudas, que Perón
quería disciplinar a la conducción montonera y alejar a esos muchachos de
las armas para que se integraran al trabajo constructivo en democracia, pero
no echarlos del Movimiento.
Pruebas
sobran.
1.-
El caso Galimberti
Miguel
Bonasso es, sin dudas, uno de los autores que más odio destilan contra Perón
en sus escritos. En un rapto de “peronofobia” (por no decir gorilismo)
exacerbada, llegó a escribir ese voluminoso libro de más de 600 páginas
(“El presidente que no fue”) con dos obsesivos e inocultables propósitos:
·
denigrar
al General: “viejo de mierda”, “ambicioso”, “envidioso de
Cámpora”, son las palabras más “cariñosas”.
·
demostrar
la cuadratura del círculo: “que en 1973, el líder que reclamaba el pueblo
argentino y que tenía derecho prioritario a encabezar el Movimiento Nacional,
no era Perón, sino… Cámpora”, y que “Perón, sólo por ser un viejo
envidioso, lo obligó a Cámpora a renunciar para ocupar su lugar”.
Sin
embargo, ese visceral y casi cómico enemigo de Perón se ve obligado a
reconocer (pág. 433) que el General tuvo un gesto paternal hacia Galimberti y
Abal Medina, en un momento clave.
Como
se recordará, Galimberti, como Secretario Nacional de la Juventud Peronista
designado por Perón, proclamó en marzo de 1973, infantil e
irresponsablemente, que debíamos crear milicias populares armadas. Por si habían
quedado algunas dudas, apenas triunfamos en la segunda vuelta, y mientras los
militares seguían debatiendo la entrega o no del poder, Galimberti reiteró
su peregrina propuesta.
Abal
Medina, por su lado, como secretario general del Movimiento, había digitado,
con alguna “trampita”, las candidaturas a senador por la Capital Federal:
inventó una inexistente renuncia de Jesús Porto (llegó a “leerla” ante
el Congreso Partidaria Metropolitano), que era el auténtico candidato elegido
estatutariamente, y lo reemplazó en forma alevosa por Marcelo Sánchez
Sorondo. Marcelo era el maestro y virtual padre político-periodístico de
Juan Manuel, desde los tiempos del periódico “Azul y Blanco”, del cual el
maestro era el director propietario, y el alumno,
secretario de redacción.
Sánchez
Sorondo tenía fama, estimo que injustificada, de ser anti-judío y pro-nazi,
fama que nacía por ser hijo de Matías Sánchez Sorondo, uno de los asesores
del general Uriburu en el golpe de 1930, y él, sí, de ideas al menos
“filonazi”. Con un electorado porteño, en el que pesaban apreciablemente
los casi 400.000 judíos que vivían en ese entonces en la Capital, el cambio
era suicida. Y lo fue. Perdimos el segundo senador por la Ciudad de
Buenos Aires en la segunda vuelta. Triunfó, gracias al error de Juan Manuel,
el candidato radical Fernando De La Rúa, un cordobés bastante desconocido y
opaco hasta ese momento. Los memoriosos, que recuerdan cómo Abal Medina lo
hizo grande a De La Rúa, jamás le han perdonado a Juan Manuel esa
“trampita”.
Pocos
días después de la segunda vuelta electoral de abril, el General llamó a
Madrid a su plana mayor: Cámpora, Abal Medina, Galimberti y algunos más. Con
la cara que es de suponer por las dos “metidas de pata” de los jóvenes
dirigentes, el Viejo los reprendió, siempre como un padre, pero como un padre
enojado, y pidió la renuncia de Galimberti.
Con
Juan Manuel se pueden tener muchas disidencias ideológicas y políticas, pero
nadie puede desconocer su línea de conducta sin fisuras. Al día siguiente
elevó su renuncia como secretario general del Movimiento a Perón, en un
sobre cerrado que entregó a Cámpora, y éste al General. El Viejo lo llamó
poco después, le entregó el sobre aún cerrado, y le pidió que se quedara
porque “el asunto no era contra él”.
A continuación, Perón le explicó “que
Galimberti debía salir de la conducción para no entorpecer un gobierno de
unidad nacional, pero que se lo debía tener en cuenta en la reorganización
del Movimiento” (Bonasso, pág. 433).
Sólo
un resentido muy sectario y obnubilado por el rencor puede seguir afirmando,
luego de conocer ese gesto paternal del General, que Perón odiaba a los
montoneros y que fue él quien ordenó su exterminio físico.
2.-
Una revolución con fusiles y sin diputados
El
mismo Bonasso (pág-332) se queja del infantilismo de la conducción montonera
que, mientras se “cocinaban”
las listas de candidatos, no quería aceptar las bancas parlamentarias que se
les ofrecían. Es decir, nadie los corrió, ni Perón les negó su lugar.
Ellos mismos, alucinados por los fusiles, despreciaron las bancas.
Recuerdo
bien que el General dispuso que, de la “vieja” división tripartita de
candidaturas y cargos partidarios (partes iguales para las tres “ramas”:
política, femenina y gremial) se pasara a una cuatripartita, agregando
justamente la cuarta rama, que era la juvenil. De ese modo, la indicación
precisa fue que las candidaturas se distribuyeran a razón del 25% para
cada “rama”. Bonasso
nos informa, ahora, que esa proporción no se alcanzó respecto de la Juventud
Peronista, sólo por el revolucionarismo infantil de la conducción montonera:
“En
esos días, Beto, el Canca y otros “jetones” como “el Perejil”
Leonardo Bettanin…discutían sobre posibles candidatos de la Rama… (en
esos casos) no
faltaba el ‘oscuro’ que, mitad en broma y mitad en serio, deslizaba la
sospecha de que el compañero se estaba convirtiendo en “burócrata” y podía
estar acariciando, incluso, la idea abominable de ser diputado”.
Luego
dirían (Bonasso en primer lugar) que Perón programó y llevó adelante,
desde el comienzo, una verdadera persecución contra ellos, que les negaba su
legítimo lugar en el Movimiento, y otras fantasías por el estilo que les
servían como pretexto para… no largar las amadas armas.
Digamos,
de paso, que Amorín, en la pág.
266 de su libro “Montoneros: la buena historia”, aclara que “Beto”
es el ex dirigente montonero Juan Salinas. Y agrego yo: ese mismo Juan Salinas
fue “becado” en 1997 por la sionista organización DAIA, para escribir el
libro “AMIA: el atentado”, que sirvió de base fundamental para acusar
falsa y maliciosamente de ese horrible crimen a los “árabes musulmanes”,
entre ellos a mi defendido Kanoore Edul. ¡Viene de lejos el muchacho! Es que
el terrorismo, el verdadero, no el que nos “vende” la historia oficial
difundida por la prensa “oficializada” gracias a una montaña de dólares,
o de Banelcos en pesos, tiene razones que la razón no entiende… y tiene orígenes
inconfesables e impensables.
3.-
Una oferta nunca transmitida
Según
relata el citado ex montonero José Amorín (pág. 246):
“En
abril de 1973
(es
decir luego de que el General defenestró a Galimberti por su disparatada
propuesta de crear milicias populares), Perdía,
Quieto y Firmenich se reunieron con Perón en Madrid. Al respecto, Perdía
escribió:
“Perón
destaco que los próximos cuatro años debíamos utilizarlos para aprender a
gobernar y asegurar un eficaz trasvasamiento en el Movimiento y en el país.
Manifestó que asumía la responsabilidad de asegurar que, progresivamente, se
nos fueran asignando crecientes responsabilidades. Argumentó sobre la
necesidad de avanzar en la organización popular y (…) veía en las tareas
de promoción social una manera eficaz para darle continuidad a nuestra
organización. (…) El general Perón le manifestó en esa oportunidad (a
Bidegain) la conveniencia de integrar a su próximo gabinete a algunos
muchachos de la Juventud Peronista para que se fueran acostumbrando a gobernar”.
Amorín
reconoce que al sugerirles que se hicieran “cargo del trabajo social”, Perón
les estaba ofreciendo el Ministerio de Bienestar Social el cual, en las
propias palabras de Amorín, “ante
nuestro rechazo, quedo en manos de Lopez Rega”.
(…)…”significaba, nada más ni
nada menos, que fortalecer el crecimiento de nuestra Organización en las
bases peronistas y, con ello, darnos una autentica posibilidad de lograr, en
cuatro años, la hegemonía política del movimiento peronista. Nos heredaba
el Movimiento, nos ofrecía el futuro porque, digámoslo de una buena vez, el
presente era él, el propio Perón”.
Aunque
parezca mentira, y siempre según Amorín,
“la
conducción nacional de Montoneros jamás informo a sus cuadros de esa
oferta”.
Perdía
y Amorín tienen razón: varias veces Perón les ofreció integrarse al
Movimiento, porque quería que lo heredara “la juventud maravillosa”, pero
sin las armas, sin tirar un viejo por la ventana cada mañana, sin
apresuramientos infantiles, sin ínfulas de hegemonía. Es decir, que primero
"se hicieran" peronistas...
Es
que la conducción montonera ya había decidido transformarse en un partido
leninista, con una organización interna férreamente dictatorial, y por ello
consolidó su estructura militar aún después de nuestro triunfo electoral
del 11-03-73.
Esa
increíble ceguera de la conducción de Montoneros, que despreció la herencia
pacífica para abrazar la guerra suicida y transformarse en un partido de tipo
leninista, está relatada por Amorín en numerosas páginas del libro citado.
La
sinceridad y la capacidad de análisis de Amorín nos ha permitido conocer la
base fundamental de la tragedia que sobrevino: los montoneros nunca fueron
peronistas; desde su nacimiento sostuvieron una posición ideológica distinta
a la del General, y siempre, por las razones que expuse en las notas
anteriores, entre la sangre y el tiempo optaron por la sangre, mientras que
Perón prefirió el tiempo (salvo
cuando sus enemigos no le dejaron otro camino).
Buenos
Aires 2 de febrero de 2007.
Juan
Gabriel Labaké
Nota
Importante
Por
ser de especial interés para todos, envío el texto del artículo 1º del
Decreto Nº 1.800, dictado por la presidente Isabel Perón el 7-7-75, y
publicado en el Boletín Oficial
del 17 del mismo mes:
“Toda
vez que en la ejecución de operaciones militares antisubversivas, la
autoridad militar deba poner a disposición del magistrado federal competente
a una persona o a elementos secuestrados, como consecuencia de dichas
operaciones, lo hará acompañando las actuaciones que en el orden militar
deberán labrase con tal motivo, juntamente con las piezas probatorias, si las
hubiere”.
Es
decir, los militares no solo debían poner los prisioneros a disposición del
juez, sino que se les exigía justificar debidamente cada detención.
Espero
que, después de la difusión del Decreto 1.800/75, ningún juez “distraído”,
ni ningún funcionario “setentista” resentido, insista en culpar a Isabel
por los excesos cometidos por las FFAA en la represión de la subversión
terrorista durante nuestro gobierno constitucional. Lo que hicieron los
genocidas después del 24-3-76 es ya responsabilidad exclusiva de ellos…
aunque también de los que, consciente o inconscientemente, desde la
“derecha” y desde la “izquierda”, les hicieron el caldo gordo para que
perpetraran ese cuartelazo criminal y fatídico.
Próxima
nota: Perón
siempre les tendió una mano amiga – Segunda
y última parte.