Nota II
La
subversión durante el
Primera
parte
Nota III
La
subversión durante el
Nota III
La
subversión durante el
Si
usted no desea recibir nuestros mensajes, por
favor
envíe un correo-e con la palabra Eliminar.
Nota
V:
La
subversión durante el
gobierno
constitucional
Cuarta
y última parte
Por
Juan Gabriel Labaké
La
ideología de los terroristas de “derecha”
En
la década de
1950 (presidencias de Dwight
Eisenhower y John Fitzgerald Kennedy, “halcón” uno y “paloma” el
otro: dos caras de la misma moneda imperial) los EEUU adoptaron la interesada
doctrina de la guerra revolucionaria (la del “eje del mal”, que en ese
tiempo era el comunismo soviético) y la contrarrevolucionaria (la del “eje
del bien”, representado siempre por EEUU por “voluntad de Dios”, perdón,
de un inexistente dios).
Dicha
doctrina fue difundida y apoyada con toda seriedad por la prensa seria del mundo
entero, incluida la argentina, claro está. También fue enseñada y promovida
“manu militare” desde la Escuela Militar de las Américas, perteneciente
al Comando Sur del Ejército Norteamericano, cuya sede estaba en la llamada
“Franja del Canal de Panamá”.
Y
bien, desde que se fundó esa escuela y hasta que asumimos el gobierno
(25-5-73), entre 1.200 y 1.400 (según los distintos autores) oficiales
superiores de las Fuerzas Armadas ¡argentinas! habían sido becados por el Tío
Sam para que en ella los programaran debidamente en la lucha
contrarrevolucionaria, que en última
instancia consistía en matar a
los “bolches”, a los “seudobolches”, a los “criptobolches”, a los
amigos, parientes y conocidos de los “bolches” y a quienes figuraran en la
agenda de un “bolche”. La prioridad no era liberarnos de la dependencia,
desarrollar nuestro país, recuperar la justicia social y los resortes de la
soberanía nacional y de nuestra economía, o promover la cultura nacional,
sino ayudar a EEUU en su heroica lucha contra la URSS por la conquista de…
los mercados. De la misma manera en que, hoy, la prioridad del presidente
Kirchner en política exterior es ayudar a los EEUU en su heroica lucha contra
el terrorismo internacional, cuyo brazo más peligroso y activo tiene su sede
en… la Triple Frontera. También de la misma manera en que hay algunos
oficiales superiores retirados de las Fuerzas Armadas ¡¡argentinas!! que
recitan, como si fuera el Credo, los Planes Santa Fe I, II, II y IV,
elaborados por el Pentágono para el control militar
de América latina.
Los
1.200 a 1.400 oficiales superiores programados de esa forma fueron los
principales autores del golpe de 1962 contra Frondizi (en el que tuvo
destacada actuación ideológica y literaria Mariano Grondona), del de 1966
contra Illia (con renovados bríos
puestos al servicio de los golpistas por Mariano Grondona, autor del famoso
Comunicado 150, y ayudado por el inefable “demócrata” e
“izquierdista” Jacobo Timerman), y del de 1976 contra Isabel (apoyado,
preparado y fomentado por muchos, muchísimos Mariano Grondona y Jacobo
Timerman, algunos de los cuales vestían nuestra camiseta).
La
moral de Grondona, Márquez y los terroristas de Estado
Para
tener una idea cabal del terrorismo que infundía a la doctrina de la guerra
contrarrevolucionaria y a su hija, la dictadura militar del Proceso,
cito a su principal defensor civil: Nicolás Márquez, periodista del
diario La Nueva Provincia de Bahía
Blanca, quien, en su libro “La otra parte de la verdad”, expresa (pág
78):
“Un
brillante intelectual como Mariano Grondona afirma:
‘(Existe) la racionalidad respecto a los fines
(Maquiavelo: el fin justifica a los medios), y la racionalidad respecto de los
valores (E. Kant: que se haga justicia aunque el mundo perezca). En los casos
límite salta a la vista el conflicto entre ambas racionalidades. Nozick
imagina a un policia que se ha vedado a si mismo torturar en nombre de un
valor: los derechos humanos. Pero ocurre que su prisionero sabe dónde está
la bomba atómica que hará volar la ciudad en un par de horas… ¿Qué hará
en este caso el policia moral? Para que se cumpla un principio, ¿dejará
perecer a la ciudad? Por eso Weber sugiere que no hay una sino dos éticas: la
ética de la convicción (obrar según valores) y la ética de la
responsabilidad (medir las consecuencias prácticas de nuestras acciones). La
moral de la convicción es sostenida habitualmente por teólogos, filósofos y
periodistas… la moral de la responsabilidad es propia de los políticos, los
empresarios y los militares…´”
Hasta
ahí las “enseñanzas” de Grondona, el supuesto especialista en filosofía
griega que, por lo visto, leyó sólo a los sofistas, sin llegar jamás a Sócrates,
quien murió por defender “la moral de la convicción” (¡bueno!... leer a
Sócrates es una hazaña que sólo pudo cumplir en el mundo el ex presidente
Menem...).
Hace
20 años, Grondona, defensor de la tortura, escribió un libro titulado
“Bajo el imperio de las ideas morales”, ¡nada menos! (Sudamericana,
Buenos Aires, 1987). En él, este sofista televisivo “enseña”: “los
representantes más notables de las ideas morales en el mudo actual son, sin
excepción, (los utilitaristas) anglosajones
Rawls, Nozick, Dworkin y Hart”… “La Latinidad no tiene otro modo
de competir con los anglosajones que haciéndoles una reverencia, como hizo
Japón en 1945”… “el utilitarismo no sólo es hedonista, también es
progresista” (¡menos mal!)… “Nozick
(¡ahí lo tienen!) sostiene
la legitimidad del ‘Estado mínimo”… “Por
eso, el debate sobre el pensamiento
moral, es hoy un debate anglosajón”. En definitiva, el maestro de la
tortura “grondoniana” y procesista es un anglosajón, utilitarista en
filosofía, y legitimador del Estado mínimo, el concepto central de los
neoliberales (Menem y Cavallo, por ejemplo). Está todo claro.
Nicolás
Márquez avala y alaba la sibilina defensa de la tortura aplicada masivamente
por la dictadura militar, que hace el “brillante intelectual”, y agrega:
“Esta
grave disyuntiva es la que enfrentó Francia con Argelia, y EE.UU. con
Vietnam. En la actualidad, Israel la tiene en su virtual guerra con Palestina
y la resolvió optando por la autorización legal de efectuar interrogatorios
bajo tortura y ejecuciones especiales de adversarios sin juicio previo.
Opciones similares ejerció EE.UU. con los terroristas prisioneros en Guantánamo,
o los rusos con los terroristas chechenios”.
Coincido:
los únicos dos Estados terroristas, que han legalizado la tortura para horror
y escarnio de la Humanidad, son EE.UU. e Israel. Y aclaro:
a)
Israel
no está en guerra con Palestina, sino que invadió a esa nación mártir hace
más de medio siglo, y desde tortura “legalmente” a su pueblo.
b)
De
la misma manera, Francia era un verdadero invasor-torturador colonial de
Argelia, y EE.UU. lo fue en modo
neo-colonial de Vietnam, además de serlo de Afganistán e Irak, y pronto de
Irán y quizás de… la Triple Frontera, siempre con la ley de la tortura en
la mano, claro está.
De
esa forma, Márquez pretende justificar la tortura aplicada por los militares
“procesistas” y, sin quererlo, ratifica nuestra afirmación inicial: la
ideología y la metodología usadas por la dictadura militar argentina
nacieron en el vientre del monstruo; nuestros genocidas y torturadores
aprendieron “el oficio” de sus maestros norteamericanos, israelíes y,
remotamente, de los franceses, en la citada Escuela Militar de las Américas
del Comando Sur del Ejército Norteamericano.
Los
civiles (policías y “voluntarios” de la Tripe A y otros grupos) sostenían
idéntica “ideología”: el “trapo rojo” debía ser eliminado como única
y excluyente prioridad, aun a costa de torturarlos, para mayor gloria de…
EE.UU.
Me
libero del trabajo de dar la lista macabra de atrocidades cometidas por la
Triple A y la “derecha”, porque ésa es una tarea que cumple a la perfección
y sin respiro el gobierno actual.
Di el detalle de los similares crímenes de la “izquierda” porque, en este
caso, el matrimonio Kirchner y su equipo guardan un silencio tan sepulcral
como sospechoso (sería muy interesante que los peronistas Carlos Kunkel,
Eduardo Luis Duhalde, Miguel Bonasso y Horacio Verbitsky nos dieran su versión
al respecto… previa autorización del peronista matrimonio
presidencial, por supuesto).
En
su momento, todos fuimos montoneros
Justo
es decirlo: antes del 25 de mayo de 1973, cuando los montoneros luchaban
contra la dictadura de Onganía y Lanusse, la inmensa mayoría del país
los vio con ojos románticos. Eran los muchachos idealistas que, a semejanza
de Fidel y el Che desde Sierra Maestra, se jugaban la vida por sus ideales. Su
lucha ayudaba en nuestra búsqueda del retorno de la democracia y de Perón.
Nuestra
simpatía inicial hacia la guerrilla tuvo otro motivo: las primeras
escaramuzas (Taco Ralo, etc.)
fueron realizadas por peronistas de ley (Gustavo Rearte, “Cacho” El Kadre,
y varios más), que nada tenían que ver en ese entonces con la tilinguería
de “!izquierda”, tipo Mayo francés (1968) o ensalada “católico-marxistas”.
En
ese clima, a los “montos” se les perdonó (les perdonamos) muchas cosas.
Incluso, entre nuestra asunción (25-5-73) y mediados de julio de ese año
(en que comienzan a enfrentar muy abiertamente a Perón y a agraviar a Isabel)
varios diputados nacionales aceptamos conformar con los 15 colegas montoneros
un grupo parlamentario juvenil (aunque yo tenía ya 39 años…) destinado a
contrarrestar la influencia de los “viejos y retardatarios”.
Pero
el trabajo legislativo en común con ellos se tornaba cada día más difícil
porque no aceptaban discrepancia alguna sobre los temas “sensibles” para
cualquier peronista: lealtad a Perón, respeto a Isabel, pluralidad de
líneas internas, convivencia con los aliados del FREJULI y apoyo al pacto
social (alentados ambos públicamente por el General por ser parte esencial de
su proyecto de unidad nacional), etc.
La situación explotó al momento de elegirse la fórmula presidencial: La inapelable e insultante argumentación de los montos se redujo a los gritos de “Si Evita viviera, Isabel sería copera” y “No rompan las bolas, Evita hay una sola”, como si Isabel hubiera mostrado alguna vez el más leve indicio de querer reemplazar a una mujer irreemplazable como Evita.
Entonces
dejé de concurrir al grupo parlamentario juvenil de trabajo. Cinco meses
después, con motivo de mi defensa del proyecto de reforma del Código Penal,
que solicitó en forma expresa Perón en diciembre de 1973, tanto Montoneros
como el ERP me condenaron formalmente a muerte, de acuerdo con una nota que
recibí en enero de 1974 de ambos grupos subversivos terroristas. La condena
“será ejecutada en el momento y en el lugar en que la conducción lo
decida”. La verdad es que no hice caso de esas “condenas”, no porque el
miedo me fuera ajeno (todos sentíamos miedo, como es humano) sino por aquello
de que “perro que ladra no muerde”, y los montos y erpianos habían dado
sobradas muestras de que cuando mordían, ¡y vaya si mordían!, lo hacían
sin ladrar previamente.
El
1º de julio de ese año de 1974 murió Perón. Para los violentos de la
“izquierda” y de la
“derecha” había llegado el momento que con tanta ansiedad esperaban:
enfrentarse a cara de perro y con las armas en la mano para que uno de ellos,
el que tuviera más poder de fuego y suficiente estómago como para matar más
adversarios (competidores por la herencia del Viejo) se quedara con el botín.
Y asi sucedió: a partir de ese fatídico 1º de julio la carnicería fue
atroz. Las víctimas propiciatorias de esa orgía de sangre fueron, en primer
lugar, los inocentes que murieron por las balas de uno y otro bando, y además
el pueblo argentino en general y el gobierno constitucional de Isabel en
particular.
Buenos
Aires, 31 de enero de 2007
Próxima
nota: Perón
les tendió la mano hasta último momento.