REFLEXIONES SOBRE EL CONFLICTO GOBIERNO-CAMPO Y
EL PERONISMO
Jorge Dossi – Junio 2008
Cuando aún no se sabe a ciencia cierta como se
definirá el nuevo escenario político surgido a raíz del denominado “conflicto
gobierno-campo” deviene ineludible reflexionar sobre la vigencia de los
enfrentamientos que construyeron gran parte del edificio en el que reposa la
actual sociedad argentina.
Es preciso referir la
existencia de un escenario para situarse y avanzar en un sentido crítico. En
torno al referido conflicto, por un lado se observa un sólido frente conformado
por entidades rurales que reconocen –históricamente- una representación de
intereses por cierto distintos y que hoy convergen en un discurso unificado para
galvanizar el reclamo efectuado al gobierno de Cristina Fernandez de Kirchner, a
efectos de retrotraer los aumentos a las retenciones de productos del agro,
-especialmente la soja- al estado en que se encontraban antes del 11 de marzo.
no explican como es
debido la legitimidad que asiste al gobierno nacional para capturar los
beneficios de la renta extraordinaria del campo.
En el medio, la
sociedad, receptora del fuego cruzado adquiriendo un protagonismo larvado,
sometida al bombardeo massmediático de quienes saben que el conflicto devorará
actitudes, conductas, personajes y posiblemente desemboque en un nuevo
escenario.
Para el gobierno se
trata de un desafió a su proyecto de distribución de riqueza aunque hoy no sea
visible el modo en que éste se llevará a cabo. Para las entidades del campo,
de persistir la unidad implicará haber sentado las bases de un nuevo proyecto
de acumulación de poder para jaquear la hegemonía kirchnerista.
La polémica también
se centra en el debate de los detalles técnico-formales respecto al modo de
conciliar los intereses sectoriales con los de una política agropecuaria cuyo
diseño es resorte del estado nacional.
Como en todo
conflicto que se precie de sondear la profundidad de sus razones, han surgido
inevitables vinculaciones con el pasado. No es de extrañar que además, ello
suceda cuando la pugna involucra a un gobierno cuya base mayoritaria esta
conformada por el peronismo mientras que el sector reclamante, bajo el término “campo”,
engloba a las diversas entidades rurales que conforman desde grandes estancieros
a pequeños productores.
A su vez, merece
destacarse el hecho de que por fuera de las clásicas representaciones
institucionales del ruralismo, surge un grupo de productores “autoconvocados”
que pretende incidir -y de hecho lo ha logrado- en las eventuales decisiones que
las dirigencias orgánicas adopten en la discusión de la política sectorial.
Se ha señalado con
el correr de los días, en los ríos de tinta que procuran explicar el nudo del
conflicto –y desde veredas opuestas- que este enfrentamiento tiene un propósito
desestabilizador, destituyente, golpista. Que a los sectores del campo sólo les
preocupa su avidez de ganancia. Que les sobra vergüenza y les falta
solidaridad. Que han desabastecido al pueblo sin medir las consecuencias de sus
actos. Que la tregua resuelta en una asamblea no ha sido más que un nuevo modo
de condicionar al gobierno para exigirle que revierta su decisión de aplicar
retenciones móviles a las exportaciones de soja. Que es preciso modificar el estilo autoritario del gobierno
en la toma de decisiones.
Se ha dicho también
que los primeros cacerolazos promovidos por sectores ligados al campo no
tuvieron la espontaneidad que le adjudicaron algunos medios de comunicación.
Que el disparador de la protesta no hizo más que revivir la antinomia
sarmientina “civilización o barbarie”
Que es necesario evitar la “sojización”
del país.
Hay un sinnúmero de
razones –valederas por cierto- que fundamentan la necesidad de intentar
explicaciones frente al nuevo fenómeno.
Será difícil
acordar un equilibrio tendiente a considerar
que pueden existir razones que justifiquen las actitudes que ambos actores han
llevado adelante hasta el presente.
En la búsqueda de
una instancia superadora aunque no menos comprometida respecto del futuro
escenario al que inevitablemente nos condena la persistencia del conflicto,
corresponde abordar la cuestión actual de las identidades sociales que
atraviesan a la sociedad argentina.
Decía C. Wrigth
Mills que “Cuando lo que sucede en el
mundo social y lo que se siente y piensa en general no puede ser ya explicado
por los principios aceptados, nos encontramos en la muerte de una época y se
hace necesario definir una época nueva” (1)
Se podrá convenir
que esta reflexión no es acertada para explicitar porque no se murió una época
cuando el país padeció el diciembre sangriento de 2001. En aquel momento fue
cuestionada y no sin alguna razón la crisis de la representación política.
Sin embargo, la gravedad de los acontecimientos y la consecuente respuesta
social no parieron un nuevo modelo. El estado asambleísta que pareció absorber
la representación popular no pudo forzar ni la desaparición ni mucho menos el
remozamiento de los partidos políticos como instrumentos necesarios para la
formulación y realización de una política nacional. Por el contrario, la
crisis de 2001 fue apenas un gran revuelo que provocó leves rasguños en la
estructura institucional del país.
Hay signos visibles
que denotan la carencia de un horizonte superador. Pero la inexistencia de un
horizonte no debe confundirse con la muerte de una época. El conflicto no
inaugura una época nueva aunque seguramente hay sectores de la oposición política
que ya empezaron a frotarse las manos.
A su vez, no alcanza
con sostener que un escenario macroeconómico favorable posiciona al país para
emprender la inclusión de los sectores arrasados por la crisis
La identidad social
que hoy expresa el peronismo comienza a ser cuestionada por sus oponentes históricos
ligados al poder económico dominante.
Con inusual dureza,
un reclamo sectorial ha logrado la confluencia de un polo opositor que -aun en
pañales- parece desbocado frente a la presión ejercida por los sectores medios
que le reclaman un protagonismo sin vacilaciones.
No es nuevo el
escenario para un gobierno de base peronista atravesado por la impronta de los
movimientos sociales pos crisis 2001 que aún debe transitar la mayor parte de
su mandato.
El
peronismo siempre supo cohesionar a la sociedad frente a lo que aparecía -antes
sus ojos- como un salto al vacío, como un despeñamiento institucional. Aún en
las postrimerías del gobierno de Fernando De la Rua, cuando se le asignaba la
autoría intelectual y material del caos, supo encontrar en su dirigencia
–entonces una liga de gobernadores- la válvula de escape para encarrilar el
timón institucional y forzar una salida decorosa a la crisis.
El paisaje de un país desbocado es una postal que no logra imponerse
luego del advenimiento de la democracia en 1983 y ello se debe en gran medida al
peronismo, cuya vigencia y contradicciones mantienen vivo el enfrentamiento con
ciertos sectores que siguen apostando al proyecto de un país para pocos. Esta
es la única razón que los impulsa a sostener una puja durante tanto tiempo sin
resentir en absoluto su rentabilidad.
Alfredo Zait lo ha explicado con meridiana claridad al afirmar que “La
respuesta, que evitan los dirigentes de las entidades que representan a un
sector del campo y que elude la mayoría abordar, es que la actividad del agro
tiene la particularidad de que no se detiene por un lockout. No pierden mucho; más
bien, casi nada. La soja sigue creciendo, no se detiene el ordeñe de las vacas
y los cerdos siguen engordando. Y esa particularidad del campo no es sólo por
la obviedad de que los peones no están parando ni que sus patrones no los dejarían
parar. La especificidad del campo, que permite semejante protesta extendida en
el tiempo, se encuentra en lo que los economistas clásicos estudiaron y que hoy
sus seguidores modernos desconocen o ignoran: el factor tierra y, por lo tanto,
la renta de la tierra, que no es como cualquier otro activo de la economía. Se
trata de una cuestión compleja que se aleja del lugar común de los economistas
mediáticos, pero que si no se estudia provoca confusiones generalizadas, como
las que hoy existen.
La tierra
tiene características propias que la hacen diferente a los otros factores de
producción (trabajo y capital), a saber: no es producida por el trabajo humano,
no es reproducible, es limitada en cantidad y es de calidad heterogénea. La
renta agraria es una ganancia extraordinaria de la que se apropian los dueños
de los campos, originada en ventajas naturales (fertilidad del suelo y clima).
Argentina, por obra y gracia de la “pampa pródiga”, tiene una notable renta
agraria diferencial a escala internacional. Por ese motivo la ganancia
extraordinaria en la industria, atribuible a una ventaja tecnológica, no es una
renta, y sí lo es la que surge de ventajas naturales. Ese avance industrial
tarde o temprano puede ser copiado y sumar competidores para aprovechar ese
nicho rentable. En cambio, la tierra fértil no se puede reproducir”. (2)
El cuestionamiento
que hoy padece el peronismo -con motivo del conflicto-, en su versión
kirchnerista, es el mismo que padeció el menemismo aunque por otras múltiples
razones. Acaso es posible negar que estamos en presencia de dos versiones de la
misma matriz, de la misma materia prima que los argentinos siguen puliendo y que
no terminan de elaborar para concluir un proyecto mejorado.
El peronismo salvó
al país de los efectos nocivos que produjo la debacle de 2001. Actuó como
oposición responsable sin que pueda decirse lo propio de aquellos sectores políticos
radicalizados que –montándose en el descontento popular- pregonaban
alzamientos inorgánicos apelando al superado infantilismo de autoproclamarse
vanguardias esclarecidas de un utópico proceso revolucionario.
El peronismo
sobrevive, muta, se adapta y sigue dando que hablar. Frente a esa notable
evidencia la oposición política no termina de reaccionar. La carencia de un
proyecto político serio la lleva inevitablemente a buscar dirigentes o
personalidades del peronismo para captar esos votos que nunca llegan
Se incurre así en el
error de suponer que uno, dos o más dirigentes de signo peronista en las filas
de la oposición política, obrarán el milagro de que votos y voluntades
vuelvan a poblar su continente.
Elisa Carrió
manifestó en la campaña presidencial de 2007 que en caso de acceder a la
presidencia incorporaría ministros peronistas en su gabinete. Lo mismo ha
vuelto a decir por estos días agregando que tienen que tener una trayectoria
intachable. Antes era la campaña, ahora hay que montarse en la bravuconada
campera sin por ello dejar de apelar a las profecías apocalípticas. No es la
única. Muchos dirigentes sueñan con la pata peronista, que sin dudas
constituye algo más que contar con un ex peronista en sus filas. Todos
necesitan la materia prima para humanizar sus proyectos partidarios de cara a la
gente y vestirlos de algo más tangible que la retórica del prejuicio trillado.
como parte de un todo
sin destellar con luz propia. Es el triste papel que juegan algunos dirigentes
como Patricia Bulrich –hoy junto a Carrió, ayer con la Alianza-, maquillados
hasta el extremo y operando de saltimbanquis en pos de un cargo que los mantenga
en carrera aunque nadie sepa hacia donde.
Desde otra postura, Jorge Asís, entrevistado por Mariano Grondona en su programa “Hora
Clave”, acerca de la realidad política y social de la Argentina de los
Kirchner, expresaba que : “La única oposición y cambio que puede haber aquí está dentro del
peronismo”
Estas palabras enojarían a Carrio quien cuestiona el mito de que solo el
peronismo garantiza gobernabilidad. Al menos eso ha quedado demostrado desde
1983 hasta el presente y esa gobernabilidad ha sido legitimada en 2003 y 2007
respectivamente.
Luego del estrepitoso
fracaso de la Alianza, es notoria la ausencia de una oposición política al
actual poder peronista.
La crisis de
representación y la desconfianza ciudadana asestaron un gravísimo golpe a las
estructuras partidarias clásicas. Como un hecho novedoso puede extraerse la
aparición de los denominados movimientos sociales –que reconocen orígenes
anteriores al 2001- con un importante grado de inserción en los sectores bajos
que no surgen para disputarle poder al peronismo sino mas bien, para representar
a vastos sectores excluidos por las políticas neoliberales del menemismo y que
en esta etapa conviven cercanos al armado político que diseña el kircherismo.
La matriz peronista
moldea al conjunto de la sociedad argentina. Nos guste o no, su influencia aun
persiste en los avatares de la política y saben sus detractores que la única
manera de obliterar esa presencia tan fuerte es construyendo un polo de poder
superador. No hay percepción social que indique una transformación en el modo
de abordar el significado del peronismo. En la dinámica del antagonismo la
sociedad se manifiesta dispuesta a enfrentarse con sus propios miedos y
fantasmas. ¿Como despojarse de este molde para avanzar en la construcción de
un nuevo poder colectivo? La oposición política adolece de liderazgos creíbles.
En realidad, esos liderazgos circunstanciales y acotados territorialmente, llaménse
Carrio o Macri, no pueden ir más allá de sus propias narices. Hoy se montan en
el reclamo rural merced a un oportunismo infame fruto de sus evidentes carencias
organizacionales. Necesitan adquirir visibilidad para no ser superados o
suplantados por otros liderazgos de tinte corporativo. Sus electorados suelen
fluctuar –a veces interesadamente- en la búsqueda de un posicionamiento
ocasional que actúe como un escudo protector para evitar el avance del
peronismo. Lo expresaba claramente Mempo Giardinelli al referir que “La intemperancia maximalista de algunos
dirigentes y personajes del sector agrario, de la mano del oportunismo de la
impresentable “oposición” que padecemos en la Argentina, es insuflada de
una soberbia creciente que impide ver lo que hay que ver”(3)
¿Y que es lo que hay
que ver?, ¿Acaso sortear los obstáculos del presente para acumular y construir
poder? Es una posibilidad, pero la propia ceguera de los Carrio, De Angeli,
Buzzi, Ripoll, Morales (alguien recuerda que es el titular de la Unión Civica
Radical) los lleva a errar el camino. Privilegian apelar al clásico discurso
confrontativo para sumar voluntades en vez de aunar criterios de convicción que
logren conmover a su base electoral.
La furibunda frase de
Carrió en cuanto a que “Kirchner quiere
sangre” o la pro destituyente de Buzzi referida a que “los Kirchner son el obstáculo para el desarrollo del país” se
inscriben en la escalada que busca tornar visible a la oposición política y
abrir el juego a nuevos actores que merced al protagonismo que les depara el
conflicto buscarán capitalizar la acumulación de poder obtenida.
La restauración
democrática de 1983 entusiasmo a un gran sector de la sociedad así como a
ciertos intelectuales que creyeron ver inaugurado un ciclo de reconstrucción de
las ideas, un retorno al debate franco y sincero, despojado de los extremos a
los que el propio peronismo acudió para abusar e imponer su lectura de la
historia.
La derrota del
peronismo a manos de Alfonsín significó para Nicolas Casullo, “
(…) la muerte de un sujeto político que había sido protagonista de los últimos
cuarenta años del país” (4)
Es
preciso distinguir a la luz del análisis la figura de Alfonsín de la
estructura partidaria UCR. En la etapa pos dictadura su liderazgo fue emblemático
e inauguró la presencia y la incidencia del carisma como atributos de valoración
por encima de la dependencia que el dirigente mantiene con su partido político
Sin embargo, aquel
carisma que congregaba voluntades por fuera del radicalismo tuvo una vida corta.
En efecto, no paso mucho tiempo – cuatro años- para comprobar que el sujeto-
peronismo, lejos de morir –si es que acaso se pensó seriamente que ello podría
ocurrir- resucitó con ánimo esperanzador y contagió la vieja mística del
retorno.
Sin embargo, la
renovación peronista que supuso un remozamiento de la vieja estructura
partidaria no tardó en sucumbir ante la embestida de los sectores ortodoxos que
sin escarmentar -luego de la derrota- se instalaron a diseñar el futuro de la
nueva conducción.
puede permanecer
inalterable. Un sufrimiento y un goce profundo por los dolores y alegrías del
país. Esa construcción del ser argentino no detiene su marcha.
Miguel Bonasso señala
que “El Partido Justicialista, que había
escrito el prólogo laborista con el joven coronel del ’45. escribió el epílogo
neoliberal con el Converso de Anillaco. Si semejante contrasentido pudo ser
posible fue, en gran medida, debido a las debilidades y contradicciones intrínsecas
del movimiento de masas mas grande de América latina” (5)
La conformación de
la Alianza tuvo como principal objetivo impedir la prolongación del menemismo y
tanto empeño puso en ello que engendró en su seno la inevitabilidad de su
propia derrota. Aún cuesta digerir el sapo de un Frepaso aliado al radicalismo
para luego comprobar que la máquina de picar carne de la política fue
impiadosa con dirigentes como Chacho Alvarez que habían logrado conmover y
concitar la atención de la sociedad pero que luego terminaron siendo devorados
por las circunstancias siendo victimas de errores propios y ajenos.
En
las elecciones de 2003 hubo tres formulas peronistas que obtuvieron en total el
60 % de los votos. A escasos dos años de la gran crisis, la matriz seguía
funcionando y a pesar de la consigna “que
se vayan todos”, Menem consiguió imponerse en primera vuelta. Siempre
solemos interrogarnos sobre lo que hubiera pasado. Así como Nicolas Casullo
piensa que de haber ganado Luder en 1983 no se hubieran investigado las
violaciones a los derechos humanos, de haber ganado Menem en 2003 quizás
tampoco hubiéramos asistido a la reivindicación de una generación masacrada
por pensar distinto. Esa generación que merced a las luchas fratricidas del
peronismo en la década del 70, recién tuvo la posibilidad de conducir una
gestión de gobierno en un contexto histórico absolutamente distinto.
Cuanta agua corrió
bajo el puente de la historia para que el peronismo pase de ser aquel “hecho
maldito del país burgués” que
definiera tan certeramente John William Cooke a convertirse en una “horda
de orcos”, como lo bautizan las nuevas generaciones que mutan sus maneras
y formas de abordar y vincularse a/con la política, pero que no dejan de mirar
con recelo la vigencia de viejas y repudiables practicas a las que se apela para
dirimir los conflictos de poder.
la defensa de sus
intereses sectoriales merced al poder económico que detentan.
Estas son algunas de
las consecuencias políticas del conflicto “gobierno-campo”
y nada mas oportuno para ello que hurgar en el pasado para ver que similares
consecuencias advertía James R Scobie en su fundamental “Revolución en las Pampas” Historia Social del Trigo 1860-1910,
cuando señalaba que “El agricultor de
la Argentina muy pocas veces tuvo poder o influencia políticos. Sólo el gran
terrateniente con intereses agrícolas contaba con una organización o grupo de
presión que lo representara. Aunque la Sociedad Rural era principalmente una
organización ganadera, tenía una preocupación periférica por la agricultura
y a menudo era consultada por el gobierno en los asuntos rurales. (…) Durante
muchos años el pequeño agricultor fue apolítico El aislamiento, el
analfabetismo y la inestabilidad dificultaban la organización o la acción políticas,
cuando no las hacían imposibles. (…) Como consecuencia de ello el chacarero
tuvo poco éxito en lo referente a hacer sentir sus necesidades o representar un
papel cívico en la Argentina”. (6)
¿Habrá llegado el
momento de jugar otro papel? Es prematuro aún extraer conclusiones sobre el
desarrollo del conflicto. Lo cierto es que no será fácil para el gobierno de
Cristina Fernandez de Kirchner convivir durante el resto de su mandato con un
sector que ha mostrado los dientes de una manera tan desafiante.
Donde se advierta
debilidad gubernativa la oposición política será impiadosa. Ello no debería
incomodar si no fuera porque esa oposición tan vacía de contenidos propios
puede llenarse con el libreto que le escriban los poderes económicos o los
grandes medios de comunicación. De hecho lo hacen a diario
El peronismo deberá
revisar su estrategia a futuro. El gobierno aun tiene un mandato por delante. La
situación macroeconómica lo favorece para avanzar en su proyecto
redistributivo y la proximidad del bicentenario puede oficiar como meta. Un
punto de llegada para efectuar el gran balance que merece la sociedad argentina,
pero también, un punto de partida que logre convocar en torno a valores como la
solidaridad, la igualdad y la justicia social, preciados valores que se
humanizan cuando se concretan en la realidad efectiva.
Más allá de las
identidades sociales, de los espacios políticos, de las representaciones
partidarias circunstanciales por las que ha transitado el proceso político
argentino, es imperioso reflexionar sobre la necesidad de conformar una gran
masa crítica dispuesta a debatir los futuros escenarios que se abren.
El ineludible debate
sobre la distribución de la riqueza es uno de los que concita mayor interés
por ser también el que puede propiciar un cambio cultural en los abordajes de
las identidades sociales.
¿Hasta donde está
dispuesto a resignar poder el bloque económico dominante en pos de aportar al
proceso redistribuidor del gobierno?
La persistencia del
lock-out agrario es una clara señal que indica la falta de solidaridad que
prima en la dirigencia rural.
Finalmente, es
necesario que el gobierno debata su rol legitimante en el diseño de la política
económica. Parece un contrasentido pero las derivaciones del conflicto y el
cuestionamiento al modelo que enarbolan los ruralistas, aconseja merituar
prudencialmente los pasos a seguir.
En lo que va del
conflicto, ha estado ajeno el rol legitimante mas allá de quedar perdido en el
fragor de los discursos. Es preciso blandir el fundamento intelectual que otorga
la legitimación popular.
El gobierno debe
reforzar sus argumentos y dar una profunda batalla ideológico-cultural. La
Carta Abierta en la que un grupo de intelectuales fijó su posición en torno al
conflicto es una herramienta sobre la cual es factible trabajar para acercar
posiciones e instalar espacios de lucidez donde el pensamiento crítico pueda
ser escuchado.
En honor a la valentía,
honestidad y contribuciones de ese pensamiento concluyo haciendo mías estas
palabras de Mempo Giardinelli “Pero
también aflojen las entidades del agro aceptando de una vez las retenciones
con sentido social y redistributivo; impulsando a que sus afiliados paguen los
impuestos en su totalidad; blanqueen todos a sus peonadas; alquilen menos campos
a los pools sojeros y oriéntense más a producir que a especular. Y también
aflojen con la autovictimización: eso de que el Gobierno los “empuja” a
hacer paros, o que el oficialismo los “ataca”, no es verdad, como no lo es
su declamada “voluntad de no perjudicar” a la sociedad. Por favor, si
realmente tuvieran esa voluntad no harían lo que están haciendo: casi 80 días
de un lockout nefasto que sólo ellos aguantan porque tienen un resto que la
sociedad no tiene”(7)
Notas:
1.- C. Wright Mills, “La
imaginación sociológica”, (México, Fondo de Cultura Económica, 1969)
2.- Alfredo Zaiat, “El
Campo protesta y la tierra trabaja”, Página 12, 28 de Mayo de 2008.
3.- Mempo Giardinelli, “Elogio
de la tibieza y la media tinta”, Página 12, 29 de Mayo de 2008.
4.- Nicolas Casullo, Reportaje
en La Tecla, Revista Digital.
5.-Miguel Bonasso, “Perón-Proteo”,
Página 12, 1 de Julio de 2004
6.-James R. Scobie, “Revolución
en las Pampas, Historia Social del Trigo en la Argentina 1860-1910” ,
Solar-Hachette, 1968, Pag.193.
7.-Mempo Giardinelli. Idem 3