Gentileza
de ev@coneau.gov.ar
Ernesto
Villanueva Vs Alain Touraine
Ernesto
Villanueva (*), uno de los mas lucidos
intelectuales del campo nacional y popular, le contesta al sociólogo frances
Alain Touraine a raiz de sus declaraciones realizadas en un reportaje que le
efectuaron en el Diario La Nación el 18 de febrero pasado y donde dice -¡Hay
que olvidarse del peronismo!.... MG/N&P
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1º
de marzo de 2004.
El
fracaso del olvido
¿Hay
que olvidarse del peronismo?
Ernesto F. Villanueva ev@coneau.gov.ar
Repetida
hasta el cansancio por intelectuales, dirigentes, periodistas, ciudadanos y
otros tantos rubros sociales
antiperonistas, no peronistas, nacionales y extranjeros, la frase ya se ha
convertido en una especie de cliché del
análisis y las recomendaciones políticas de los estudiosos del caso
argentino. Por eso no sorprenden demasiado las palabras de Alain
Touraine, en el marco de la entrevista publicada el 18 de Febrero pasado en La
Nación.
A
lo largo de las últimas cinco décadas, y fundamentalmente hasta antes de la
recuperación democrática de los '80, la
mayoría de los gobiernos y diversos movimientos políticos y culturales
desplegaron un arsenal de prácticas y discursos para conseguir materializar el
dichoso objetivo hay que olvidarse del peronismo.
Los
mecanismos más sofisticados puestos a tal fin, se apoyaron a veces en análisis
sociológicos y politológicos que intentaron mostrarle a la ciudadanía la
irracionalidad del movimiento peronista, su tradicionalismo a la hora de tejer vínculos
políticos, el carácter corporativo y autoritario del gobierno de Perón, y
otros tantos argumentos teóricos. También hubo quienes apelaron a mecanismos más
primitivos y prácticos para lograrlo: prohibir nombrar a Perón, excluir a sus
seguidores, aplicar la violencia para intentar que el olvido, si no llega por la
razón, llegue por la fuerza.
Las
tensiones y contradicciones producidas durante el menemismo, y el efímero
triunfo de la Alianza hicieron creer a más de uno que el peronismo comenzaba su
cuenta regresiva. Nada más errado: el patético gobierno de la Alianza y la
crisis posterior relanzaron al peronismo y lo pusieron nuevamente en el centro
de la escena política.
Los
argentinos no sólo no han olvidado el peronismo, sino que para bien o para mal,
el peronismo ha sido uno de los principales actores sociales y políticos de la
historia argentina desde mediados del siglo XX, y tal lo que se vislumbra,
seguirá jugando un rol decisivo en la historia por venir.
El
fracaso del olvido.
Dos
preguntas se imponen: de qué se trata el peronismo que sería necesario
olvidar, y por qué pese a tantos ingentes esfuerzos, no muchos lo han olvidado.
Por
supuesto que lo que se ha intentado borrar al pretender olvidar al
peronismo, no ha sido siempre lo mismo: a veces significó
olvidarse de Perón y Evita; en otros casos fue querer olvidar para recuperar el
orden social trastocado en el '45; asimismo olvidar significó achicar el estado
de bienestar y transformar el modelo de producción; también olvidando se quiso
quitar de la memoria colectiva ese molesto recuerdo de los cabecitas
negras con la patas en la fuente.
Y los significantes para -olvidarse del peronismo podrían
multiplicarse.
A
fines de los '90, olvidarse del peronismo - devenido en menemismo- significó
dejar atrás el proyecto neoliberal que consagrando a los mercados
generó niveles de pobreza, exclusión y polarización nunca vistos en la
historia argentina. (¿De qué peronismo pensará Touraine que tenemos que
olvidarnos?)
Como
cualquier otro partido o movimiento político con casi sesenta años de
existencia, el peronismo ha sufrido muchas crisis y quiebres a lo largo de su
historia, los cuales lo han ido transformando y en cierto modo, adecuándolo a
cada uno de los momentos que le tocó vivir. Sobre todo en los últimos 20 años
de democracia, ha limado sus costados más radicales por derecha y por izquierda
(aunque esta espacialidad política
sea hoy ya poco significativa), ha
aceptado las condiciones de participación del juego democrático, ha sido
gobierno y oposición, ha ganado y perdido elecciones y ha impulsado diferentes
proyectos políticos. En este sentido, ha hecho -y está haciendo- su propia
historia, con éxitos y fracasos, como todos los partidos.
¿Cuál
es la vigencia entonces del peronismo? o dicho de otra manera, ¿por qué no se
ha podido olvidar?. También en este caso las respuestas son diversas.
Para
algunos se trata justamente de la capacidad del peronismo para gobernar, para
ejercer poder desde el gobierno y entonces desde ahí sostenerse y reproducirse.
(Esta sería una definición eficientista del peronismo). Esto en parte podría
ser, pero teniendo en cuenta que no siempre ha sido así: el gobierno peronista
que cae en el '76 no era precisamente fuerte y tenía poca o ninguna capacidad
de gobernar la crítica coyuntura.
Para
otros, más sutiles, no es tanto la capacidad de gobierno como la manifiesta
vocación de poder del peronismo. ( Esta sería una definición autoritaria del
peronismo ). También podría ser, pero sólo en parte. Por un lado, porque al
menos en teoría todos los partidos deberían tener esa vocación si es que
aspiran a gobernar e impulsar su propio proyecto político. Por otro lado, una
cosa es la vocación de poder y otra la posibilidad de que esa vocación se
traduzca en acciones, decisiones, ideas, proyectos que puedan anclar en la
sociedad.
También
están quienes argumentan que en realidad el peronismo se sostiene porque cuenta
con una impecable maquinaria partidaria, eficaz fundamentalmente, a la hora de
las elecciones. ( Esta podría ser una definición partidocrática del peronismo
). Sin duda, más de un triunfo electoral peronista se explica por esto más que
por otros factores. Pero también es cierto que esa estructura partidaria se ha partido
una y otra vez, y ha mantenido divisiones internas irreconciliables.
Más
allá de todos estos argumentos, lo indudable es que la vigencia del peronismo
está dada por la capacidad que ha tenido para expresar ciertos principios e
ideas del imaginario colectivo de gran parte de la sociedad. A lo largo de las
últimas décadas el peronismo ha logrado, mejor que cualquier otra organización
o partido político, sintetizar y traducir políticamente esas aspiraciones.
Los
esfuerzos en pos del olvido han sido vanos frente a la vigencia de los puntales
con que el peronismo ha dicho presente en cada momento histórico:
la justicia social, la defensa del trabajo como fuente de integración social y
desarrollo productivo nacional, la redistribución del ingreso como principio
político, la modernización de las estructuras estatales, la lucha contra la
exclusión y la desigualdad, la dignidad nacional. Muchos argentinos no han
olvidado al peronismo porque siguen creyendo y peleando por esos valores.
Durante
Diciembre del 2001 y el 2002 la
Argentina tocó el fondo de un proceso de crisis iniciado, sin duda, varios años
antes. El espejo que durante los '90 devolvía la engañosa imagen de un país
que se modernizaba y entraba al primer mundo se hizo trizas frente a la realidad
de los cacerolazos, los piquetes, el vacío político, el corralito, la
devaluación, etc.
La
crisis desestructuró identidades y provocó el surgimiento de nuevos sujetos
sociales, puso en cuestión la representación de los partidos tradicionales e
impugnó todo el sistema político y a todos los políticos con el que se
vayan todos. Instituciones, economía,
educación, salud, infraestructura quedaron paralizados y comenzaron a
deshacerse en pedazos. Sin duda no se equivoca Touraine al sostener que la
universidad argentina no tiene un florecimiento análogo al de décadas
anteriores; pero su situación es análoga a la misma medida en que también
entraron en decadencia el sistema de salud, la red de caminos, el aparato
productivo, y tantos otros componentes estatales, jaqueados por la crisis.
Reconocer esta situación es doloroso pero sano: sólo así se puede esbozar un
horizonte de cambios reales y realistas.
A
comienzos del 2002, los futuros posibles que se pensaron para el país fueron
diversos y sorprendentes: hubo quienes vislumbraron una guerra civil, quienes
reclamaron para las asambleas barriales la soberanía del pueblo, y hasta
quienes anticiparon el comienzo del fin del capitalismo en la Argentina.
La
salida de la crisis a través del peronismo.
La
vigencia del peronismo quedó demostrada de manera práctica en la última
elección presidencial: los candidatos principales eran peronistas y se
presentaban con listas diferentes ( en este caso la maquinaria partidaria falló,
porque no logró cerrar la interna y presentarse con un solo candidato). Los
candidatos más votados fueron los candidatos peronistas; en las provincias y
municipios, muchos candidatos peronistas volvieron a ganar y hoy son nuevamente
gobierno.
Por
otro lado, más allá de los números de los comicios, es desde el peronismo
impulsado por el gobierno nacional que
ha comenzado a recomponer el tejido social.. Sin contar con demasiado apoyo en
el inicio, poco a poco el gobierno de Kirchner ha conseguido al menos cambiar el
humor social, y crear un cierto clima de optimismo al pensar en el futuro. Si
bien las transformaciones políticas y económicas de fondo aún están por
realizarse, lo cierto es que el ánimo en relación a las posibilidades de que
efectivamente se puedan realizar es favorable.
Por
otro lado, algunas medidas concretas tomadas por el gobierno permiten alentar
las esperanzas: los cambios en la Corte Suprema de Justicia, la política de
derechos humanos, la revisión de los contratos de las privatizaciones, la
promoción -a través de becas y subsidios- de ciertas carreras universitarias
consideradas prioritarias para el desarrollo del país, entre otras.
¿Pero
qué peronismo es el que representa el nuevo gobierno?, ¿de qué se trata este
peronismo que se propone como conductor -palabra
por definición peronista- de esta etapa poscrsisis?.
Es un peronismo novedoso que ha logrado una articulación
de los intereses de sectores medios y de sectores populares, algo original para
el peronismo y para la Argentina y que además ha conseguido el apoyo de cierto
sector de la izquierda y de algunos sindicatos.
En este sentido, el espacio político propuesto por Kirchner es un
espacio de confluencia y síntesis, sin duda de renovación y quizá de
transversalidad, palabrita esta que sólo puede asustar a los que preconizan que
el peronismo no debe renovarse a sí mismo, como siempre ha hecho. Queda por
saber cómo se sostendrá esa delicada alianza, atendiendo intereses de unos y
otros. También hasta qué punto ese espacio de renovación podrá generar
nuevas identidades políticas que logren superar la crisis de representación en
la que siente sumergida la sociedad civil.
De
lo vivido los últimos años nos ha quedado la enseñanza de no creer en
salvaciones milagrosas y en ese sentido, si bien una gran parte de la sociedad
apuesta a que este gobierno mejorará la situación, esa apuesta está
impregnada de esperanza pero también de prudencia. De todos modos, la sensación
general es que las cosas, poco a poco, están yendo mejor; Argentina está
encontrando un nuevo ritmo de marcha, y estableciendo nuevos recorridos a través
de un gobierno peronista. Entonces, ¿por qué que olvidarse del peronismo?
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(*)
Ernesto
Fernando Villanueva,
Licenciado en Sociología de la Universidad de Buenos Aires,
profesor rector de la UBA en 1973, fue preso por la Dictadura militar y
luego se exilió en Europa. Ex-Vicerrector de la Universidad Nacional de
Quilmes; consultor en Educación y Economía y ex-director del Consejo Nacional
de Investigaciones Científicas y Técnicas, ha sido tambien profesor en las
Universidades de Mar del Plata y Frankfurt.. Recibio el Premio Oesterheld 2003,
que se otorga a los luchadores sociales, por su aporte a la educación
argentina, en particular, por su aporte a la educación universitaria. Su e-mail
es Ernesto Villanueva ev@coneau.gov.ar
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MIÉRCOLES,
18 de febrero de 2004
Noticias
| Cultura | Nota
Alain
Touraine:
-el
país debe olvidarse del peronismo
Por
Silvia Pisani
Enviada especial
PARIS.-
El sociólogo francés Alain Touraine es un entusiasta declarado de la
Argentina, y también del gobierno de Néstor Kirchner. Pero, aun con tono de
amigo, advierte que el Presidente -tiene muy poco tiempo, un año, tal vez
dos, para producir la reforma administrativa y del Estado que permita el
crecimiento. Añade que todo el mundo está de acuerdo en eso.
A
Touraine le preocupa especialmente la reforma política. Y pone como triste
ejemplo lo ocurrido en México, donde califica como paralizado por
falta de sistema político al gobierno de Vicente Fox, que tanta ilusión
despertó como ruptura con el pasado.
-Es
que con las expectativas pueden ocurrir dos cosas: una gran decepción o, por el
contrario, que se vaya creando un sistema de condiciones interdependientes de
crecimiento,
afirma el
sociólogo e investigador, nacido en 1925, crítico de las políticas
neoliberales que reinaron en los noventa y autor de una veintena de libros.
Entre ellos, el clásico Actores sociales y sistemas políticos en América
latina, Crítica a la modernidad y ¿Podremos vivir
juntos? Iguales y desiguales.
Touraine
habla en tono amable, pero con firmeza. La misma que le ocasionó duras críticas
cuando, en lo peor de la crisis de nuestro país, afirmó: -Los argentinos
existen, pero la Argentina no. Hoy prefiere olvidar el episodio e
insiste en que el nuevo ciclo tal vez nos lleve a -reaccionar y comprender
que deben organizarse.
La
conversación transcurre en la prestigiosa Escuela de Altos Estudios en Ciencias
Sociales, en el céntrico Boulevard Raspail. Hace ya muchos años Touraine fundó
allí el Centro de Análisis y de Intervención Sociológica. Cortés, recibe a
LA NACION en la puerta del ascensor que lleva hasta el octavo piso, el de su
pequeña oficina. -Es que estos aparatos no siempre funcionan y quiero
asegurarme de que llegue usted bien, tranquiliza.
Con
esa misma cortesía cuenta que le pidió a la esposa del mandatario argentino,
Cristina Fernández de Kirchner, que se olvide del peronismo.
Comenta que ella entendió bien lo que le dijo. Asegura que América
latina perdió una posibilidad de futuro por culpa de su pasmoso desinterés por
el conocimiento, y que la Argentina arruinó su universidad.
Le alarma el silencio de Brasil, donde no pasa nada de lo que se esperaba de Lula. Advierte que el problema social en el mundo es la falta de responsabilidad y, tarde o temprano, todo lo lleva de nuevo a la Argentina. Eso sucede hasta cuando asocia el plus de dinero en el mercado a partir del boom petrolero de los años 70 con el ansia desmedida de plata dulce que tienen los porteños.
-En
ese entonces
-rememora- el problema fue encontrar países y gente que pudieran
aceptar préstamos. Había demasiado dinero y sus dueños, árabes y
venezolanos, reclamaban intereses por él a los bancos. ¡Y la Argentina calzó
a la maravilla! Más que la Argentina, los argentinos, y más que ellos, los
porteños, que son una cantidad nada desdeñable y que se sienten muy poco
argentinos.
-¿Por qué ellos?
-Porque
se creen europeos y norteamericanos. Les encanta la plata dulce. Porque son
cosmopolitas. Tanto, que si no se deciden entre comprarse un auto americano o
uno alemán... bueno, compran los dos. Si es por ellos, se compran todo. La
Argentina es un país que se endeudó y que depende mucho del mercado exterior.
Más que una cuestión económica, yo creo que hay una profunda raíz cultural.
-¿Una cultura de endeudamiento?
-Parte
del problema está en que los porteños no se sienten muy argentinos, y no se
sienten nada latinoamericanos. Pero sí se sienten parte de las grandes
capitales. Lo que pasa en Londres, París, Nueva York o Buenos Aires es parte de
una misma red.
-¿Qué tiene de malo eso?
-La
forma en que se encara la apertura. Mire, me hacen acordar un poco a los
mexicanos, que después de firmar el Nafta con los Estados Unidos decían: -Nosotros
somos norteamericanos. Ahora no lo dicen más, y son incluso más
mexicanos que antes. Más latinos, también.
-¿México superó un sentimiento que la Argentina no pudo superar?
-Yo
tengo un prejuicio muy positivo hacia México. Diría que es el país más
activo de todo el continente. Es el que tiene más vida, más movimiento.
-¿Y cuál es, según ese enfoque, el problema argentino?
-Es
el suyo un país con mucha riqueza y una oligarquía sumamente refinada, que
acumuló dinero e inmigrantes a lo largo del siglo pasado. Los inmigrantes se
convirtieron muy rápidamente en argentinos. Y se generaron dos fuerzas: los
exportadores, que quieren que el pan sea caro, y la plebe urbana, que quiere que
sea barato. Todo se zanja entre productores y consumidores. Lo que nunca hubo
fueron productores.
-¿No exagera un poco?
-Sí.
Pero, básicamente después de la guerra, el símbolo de la modernización fue
la siderurgia. Los brasileños lo tomaron rápidamente, mientras que en la
Argentina se plasmó la alianza entre la CGT y la CGE, que no iba a ningún
lado. El pobre presidente Arturo Frondizi fue la única excepción en un abanico
que no se interesó por hacer una sociedad industrial. Tenían todo para
hacerla, y no la hicieron.
-¿Eso nos sigue condenando, medio siglo después?
-Eso
habla de una forma de abordar los problemas. Y esto es algo que se ve claramente
no sólo en la Argentina, sino también en buena parte de América latina, que
está perdiendo por eso el futuro.
-¿A qué se refiere?
-A
la falta absoluta de interés por el conocimiento, mientras que el sudeste asiático
produce, invierte, investiga. Es algo que cuesta entender, especialmente en la
Argentina, con su aporte a la química, con su fantástica universidad...
-¿La hemos perdido?
-¡Claro!
Y no sólo porque todos se fueron...
-¿Qué universidad rescata en América latina?
-Una
sola: la Universidad de San Pablo, la única con nivel internacional, y que
conozco muy bien.
-¿No ya la de Buenos Aires?
-¡No!
-¿Tanto ha caído?
-Totalmente.
Y la Autónoma de México es la misma cosa. No hay investigación, no hay
ciencia. No hay tampoco mucha educación. Y eso hace que en este momento en el
mundo el futuro no pertenezca a América latina sino al sudeste asiático.
Corea, Taiwán, Japón, por supuesto. También Indonesia y la India invirtieron
en el recurso más fundamental, que es el conocimiento. Inventar, investigar,
innovar... Es como si en América latina no les interesara.
-Antes de que siga con eso, me gustaría que me dijera los síntomas que identificó para afirmar que la Argentina perdió su universidad.
-Seré
un poco cínico. Primero, el salario de los profesores. Uno no puede vivir, ni
siquiera de un modo pobre, con esos salarios. Yo conocí a colegas de mi
generación y, luego, a ex alumnos brillantes que, sencillamente, no podían
sobrevivir. Entonces, se iban. Vaya usted a un hospital norteamericano y verá
cuántos médicos argentinos formados en la UBA encuentra.
-¿Esa
es su base de diagnóstico?
-Falta de crédito, exportación de cerebros... Hay algo
más que me impresionó mucho. Tengo trato con intelectuales exiliados del Cono
Sur. Y lo cierto es que cuando los chilenos pudieron volver, lo hicieron. Lo
mismo los brasileños. Pero muy pocos argentinos volvían.
-Usted
dice que la expectativa actual de la sociedad argentina le da esperanza. ¿Es
eso suficiente?
-Claro
que no. A los argentinos les falta conciencia nacional. Yo no conozco ningún
caso de un país que se haya desarrollado sin tener una fuerte conciencia
nacional. Hasta Brasil la tiene, y mire que es un caso perfecto para no tenerla:
ni siquiera había comunicación entre Rio Grande do Sul y Recife. Y sin
embargo, tiene una conciencia nacional fuertísima, casi tanto como la más
fuerte de todas, que es la chilena. Eso es una cosa interesante y que me duele.
Porque hoy en día tampoco hay mucha ni en Gran Bretaña ni en Alemania ni en
Francia.
-¿Cómo
afecta a sus respectivas sociedades esa carencia?
-No
creo que sean países que vayan a desaparecer. Pero corren el riesgo, muy
concreto, de perder cualquier capacidad de decisión autónoma. La España de
hoy es un excelente ejemplo de país que no quiere tener capacidad de decisión
autónoma. Y los demás países, especialmente Alemania, tienen una capacidad
negativa: yo no quiero tal cosa. Pero nunca dicen -yo quiero algo.
Los franceses tampoco.
-¿Por
qué desconfían los Estados Unidos de esta etapa política en la Argentina?
-Es
normal. La Argentina era un país casi totalmente incorporado a un sistema de
economía global, pero bastante norteamericano. Hubo una reacción muy fuerte
por parte de una clase media, en el sentido amplio de la palabra, que lo había
perdido todo en diez años. Aún no hay conciencia de la caída argentina: fue
un salto tan grande como su ascenso, a comienzos del siglo XX.
-¿Volver
a modelos del pasado no es un poco inútil?
-¡Ah,
claro que sí! Esa cosa vieja no me gusta nada. Incluso se lo dije a la señora
Kirchner cuando estuvo aquí: tiene que olvidarse del peronismo. Ella no se
olvida, pero tendría que hacerlo.
-¿Por
qué le parece tan necesario?
-Porque
el peronismo es un modelo político que mezcló discursos de derecha y de
izquierda, y que no ha hecho nada. Sencillamente, nada. Con un país lleno de
dinero... no hicieron nada. Se lo comieron.
-¿Es
incapaz de administrar?
-Es peor que eso. Es lo que le decía antes: o consumidores o exportadores, pero nunca productores.
-Imagino
que a la señora de Kirchner no le habrá gustado el comentario...
-No,
pero quiero pensar que, en el fondo, ella lo entendió bien. Hay mucha
expectativa en la Argentina ahora, pero con eso pueden pasar dos cosas: o bien
una gran decepción, o se empieza a crear un sistema de factores
interdependientes de crecimiento. Todo el mundo, dentro de la Argentina y fuera
de ella, está de acuerdo con que tienen muy poco tiempo para progresar de
nuevo. Yo le daría un año... tal vez dos. No más.
-¿Para
dar señales de rumbo hacia un crecimiento sostenido?
-¡No!
¿Qué señales? Ese es el tiempo que tiene para crear efectivamente los
instrumentos económicos, administrativos, psicológicos, y eso supone, como en
cualquier país latinoamericano, una reforma política y del Estado.
-¿En
tan poco tiempo?
-Sé
que es difícil, pero hay un ejemplo muy triste, que es México, donde existía
un partido único y no había sistema político. Desaparece el partido único,
se abren las puertas... ¿y? No hay sistema político. El presidente Vicente Fox
no puede hacer nada, porque no tiene mayoría en el Congreso, y eso resulta
insoportable en este momento. Ese es un ejemplo casi perfecto de parálisis de
un país por no tener sistema político. Algo parecido ocurre en la Argentina y
otro tanto en Brasil, donde el error de Fernando Henrique Cardoso fue no
organizar un partido político y basarse sólo en su poder de encantador. Le
encantaba seducir.
-¿Es
eso un riesgo en política?
-En
la vida privada, no siempre es riesgoso, pero en la vida pública, sí. En
Brasil ya hay quienes trabajan para la construcción de alternativas. Pero en la
Argentina... ¿con los radicales como están y con todo el país llamándose
peronista? Creo que hay elementos positivos, pero no a la altura de lo que se
necesita.
-Entonces, ¿cómo transformar esa expectativa que
tanto le entusiasma en resultados concretos?
-Con
reforma administrativa y reforma del Estado, con organización de partidos políticos.
Es muy complicado.
-Su afirmación de que la Argentina no existe, pero
los argentinos sí, tal vez sea al revés: la Argentina aún existe, pese a los
argentinos...
-No
quiero decir más eso. Estoy bien impresionado con Kirchner, a pesar de que
tiene alguna cosa del viejo izquierdismo internacional. Lo que me esperanza es
que tal vez los argentinos reaccionen y descubran que deben organizar una nueva
vida argentina. Dependerá de su capacidad. Y lo bueno que tienen ahora es que,
con la crisis internacional, nadie está tan pendiente de la Argentina ni de América
latina. Cinco años atrás todos estaban con el tratado de libre comercio, el
futuro del continente. Hoy, ¿quién se acuerda de todo eso?
-¿América latina no cuenta?
-No,
para nada. Y Europa tampoco cuenta mucho. Ahora, en su continente los gobiernos
pueden tomar más iniciativa. El problema que veo es que allí es crucial
Brasil, y yo, hasta ahora, del Brasil de Lula no veo nada que indique una
voluntad. La impresión que tengo de Brasil es silencio. Pero no todo está
perdido, porque si la Argentina habla, y Chile habla, y los mexicanos hablan...
los brasileños tendrán que hacerlo, y el continente podría salvarse. Bueno,
eso si no consideramos la situación colombiana, que es atroz. Y la crisis de
Venezuela, por cuyo dueño no tengo simpatía.
-Usted denunció la falta de interés por el conocimiento en América latina. ¿La otra traba sigue siendo la corrupción?
-Yo,
por experiencia profesional, prefiero hablar de crisis del sistema político.
Cuando no hay reglas de juego ni capacidad de imponerlas, hay corrupción. La
Argentina en eso tiene una gran ventaja en el continente: tiene corrupción,
pero no es la reina. Tradicionalmente los reyes de la corrupción eran los
mexicanos, y ahora tal vez los venezolanos puedan ganarles. Pero lo grave, más
que la corrupción, es la violencia oficial: la policía corrupta, la policía
que mata. Eso ocurre en toda América latina, y antes no ocurría. En la
Argentina sucede menos, pero en Río de Janeiro es insoportable: la policía
esta metida en todo lo sucio. No conozco en la Argentina el estado de las cárceles,
pero las de San Pablo son una cosa increíble, con cientos de muertos por año.
-Pero ése no es un espejo en el que quiera mirarse ningún argentino. Puesto a elegir, supongo que prefiere medirse con uno mejor y no uno peor.
-La
situación en la Argentina no es la deseable, pero está lejos de la violencia
institucional que hay con los paramilitares colombianos o con la policía de Río
o de Belén.
-¿Qué
nos falta?
-Mire,
hay gente culta y hay capacidad. Lo que no hay es esta idea de actuar como
argentinos. Un argentino no actúa como argentino, sino como persona privada. O
como familia, como parte de un grupo de amigos, como un profesional de alto o
bajo nivel. Pero no hay sentido de responsabilidad.
-Creo
que eso ha desaparecido en buena parte del mundo... .
-Sí, es el error de la globalización, su consecuencia nefasta. Desaparece la idea de responsabilidad, la conciencia de que lo que hagamos nosotros es decisivo para el futuro. Yo diría que la mayor parte del mundo piensa que lo que hace y lo que piensa no tiene capacidad alguna para influir sobre el conjunto. Todos los sociólogos hablan hoy de eso bajo distintas denominaciones: sociedad de riesgo, de catástrofe, de la imprevisibilidad.
-¿Una
absoluta pérdida de control?
-Sí.
El siglo XIX tuvo un enorme concepto de futuro. Ahora no es así, y la visión
social es, un poco, como la de una tormenta tropical: nadie puede hacer nada. Y
eso es algo clave en el momento en que vivimos. Por eso guardo optimismo para la
Argentina: porque ha adelgazado mucho, pero le quedan recursos. Ojalá que
recuerden que el primer recurso es el conocimiento. Deben saber, a fondo, cuáles
son los problemas para resolverlos y no seguir con los mismos de siempre.
http://www.lanacion.com.ar/04/02/18/dq_574102.asp
LA NACION | 18.02.2004 | Página 00 | Cultura
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-El
presidente argentino me impresiona bien, pese a que tiene algunas cosas del
viejo izquierdismo internacional,
dice Touraine
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