EL CRISTIANISMO
- 9 abril 1949 -
Una fuerza que clavase en la plaza pública, como
una lanza de bronce, las máximas de que no existe la desigualdad innata entre
los seres humanos, que la esclavitud es una institución oprobiosa y que
emancipase a la mujer; una fuerza capaz de atribuir al hombre la posesión de un
alma sujeta al cumplimiento de fines específicos superiores de la vida
material, estaba llamada a revolucionar la existencia de la humanidad. El
cristianismo, que constituyó la primera gran evolución, la primera liberación
humana, podría rectificar felizmente las concepciones griegas, pero esa
rectificación se parecería mejor a una aportación.
Enriqueció la personalidad del hombre e hizo de la libertad, teórica y
limitada hasta entonces, una posibilidad universal. En evolución ordenada, el
pensamiento cristiano, que perfeccionó la visión genial de los griegos, podría
más tarde apoyar sus empresas filosóficas en el método de éstos y aceptar
como propias muchas de sus disciplinas. Lo que le faltó a Grecia para la
definición perfecta de la comunidad y del Estado fue, precisamente, lo aportado
por el cristianismo: su hombre vertical, eterno, imagen de Dios. De él se pasa
ya a la familia, al hogar, su unidad se convierte en plasma que a través de los
municipios integrarán los Estados y sobre la que descansarán las modernas
colectividades.
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