San
Martín, genio militar y político
¿Por
qué fue negado como político a la vez que se lo ensalzaba como militar?
Los
argentinos podemos trazar un paralelo entre la forma en que homenajeamos a
José de San Martín y nuestro devenir como Nación
El valor de su legado político en el actual momento histórico
Los
diplomáticos extranjeros que actuaron en Sudamérica durante los años de
la lucha por la emancipación de las Provincias Unidas, Chile y Perú,
admiraron a José de San Martín y lo equipararon a sus héroes nacionales.
Quizá el mejor ejemplo sea el del delegado de los Estados Unidos para
Chile, Perú y Buenos Aires, W. G. D. Worthington, quien en 1819 le envió
una nota al Secretario de Estado de su país diciendo: “Considero
a San Martín el hombre más grande que he visto en la América del Sur.
(…) Si va contra Perú lo emancipará y será el Supremo Magistrado de la
Gran Confederación”. Ese mismo año, en una comida ofrecida por el
gobierno chileno, el representante norteamericano elevó su copa para
brindar por “el Washington de la América
del Sur”. Al cumplirse el primer centenario del fallecimiento de San
Martín, en 1950, el historiador francés André Fugier, biógrafo de Napoleón
Bonaparte, escribió: “Napoleón,
el Emperador, el que manda a los hombres. San Martín, el Libertador, el que
rompe las cadenas. ¡Contraste! Y sin embargo, al lado de todas las
diferencias y de todas las oposiciones, y por encima de ellas, ¿no hay
aspectos comunes? Sin ninguna duda, esos que uno percibe en todos los espíritus
de los conductores de pueblos.
Aquél sobre el cual queremos insistir aquí, es el de la
maravillosa claridad del juicio político”.
Los
observadores extranjeros vieron en San Martín a alguien que encarnó el
ideal de Independencia y defendió con consecuencia los intereses de su
Patria. Por eso lo respetaron. El ya citado Worthington, en otro informe a
sus superiores, decía, en referencia a otros sudamericanos que, por
sectarismo, conspiraban para derrocar a San Martín y O’Higgins en Chile: “Siempre
que un hombre parezca ponerse del lado del enemigo de su país o que con su
conducta lo ayude por alguna causa, ceso
de respetarlo y de confiar en él”.
En
su prólogo a la edición de los Documentos de San Martín, en 1950, Juan
Perón decía que hay momentos en la Historia en que los pueblos con espíritu
de grandeza encuentran el hombre capaz de hacerse intérprete y realizador
de sus anhelos. “Pueblos hay que
pasan por el mundo sin encontrarse con ‘el hombre’ anhelado; y hombres
gigantescos no encuentran muchas veces ‘el pueblo’ que desean”.
Los argentinos tuvimos la fortuna de “encontrar” a San Martín y él dejó
su huella indeleble en la matriz de nuestra Nación.
Su
gesta despertó la admiración del mundo y el amor de un pueblo que no dudó
en seguirlo hasta la gloria o la muerte.
Pero los logros de San Martín también suscitaron envidia y resquemores y
no faltaron los detractores que llegaron incluso a acusarlo de querer
coronarse rey. A ésos, él les respondió que, de haber querido hacerlo, no
eran ellos quienes habrían podido impedírselo. En efecto, él pudo ser
jefe de gobierno en todos los países donde actuó y varias veces fue
convocado por Buenos Aires, Santiago y Lima para tal fin. Si no lo fue es
porque no quiso. Y eso despertó el
odio de quienes, para ocupar una magistratura importante, tuvieron
que recurrir a maniobras institucionales espurias ya que no contaban,
como el General, con el favor popular.
Cuando
las pasiones despertadas por la revolución y la guerra se fueron aplacando
en Sudamérica, le llegó también a San Martín el reconocimiento
institucional –el de los pueblos siempre lo tuvo- de las naciones cuya
libertad consolidó: Perú, Chile y Argentina. Pero esto no fue siempre así.
En sus años de actuación en estas tierras y, particularmente tras su
retiro de Lima, tuvo que soportar la calumnia y hasta fue objeto de la
conspiración. Sorprende leer hoy la clase de bajezas que cierta prensa
publicaba en aquél entonces sobre el Libertador de medio continente, en un
vano intento por menoscabar su gloria. De la mayoría de estos detractores,
la historia no registra siquiera su paso por este mundo.
Otros
pocos variaron su juicio por la fuerza de las circunstancias y,
afortunadamente para ellos, tuvieron biógrafos piadosos que se encargaron
de hacer a un lado sus escritos infundiosos contra San Martín que, de
conocerse, sólo los desprestigiarían a ellos y de los cuales hoy
seguramente se arrepentirían.
Finalmente
hubo algunos que, cuando no les quedó más remedio que reconocer la gloria
de San Martín, recurrieron entonces al subterfugio de elogiarlo
como soldado y negarlo como político, lo cual es un claro sinsentido,
ya que no existe hazaña militar como la que San Martín llevó a cabo que
no esté inspirada por una concepción
superior de la política. Pero la táctica fue presentarlo como soldado
y estratega militar brillante, genial incluso; pero como político mediocre.
Él hacía campañas militares mientras la elite porteña construía la Nación.
Nada más lejos de la realidad. San Martín fue un jefe cabal y, aunque en
general se mostró reticente a ocupar cargos públicos, siempre intervino en
los asuntos de gobierno y en la organización estatal en todos los
territorios en los cuales luchó. Lo que sus primeros biógrafos, todavía
influidos por las divisiones que desgarraron a la Patria en los años de la
organización nacional –muchos de ellos inclusive habían militado en una
u otra facción-, no le perdonaron a San Martín fue el no haber querido
intervenir en las luchas internas y el haber puesto claramente el objetivo
de la independencia por encima de los intereses locales además de su
lapidaria condena a los americanos que "
por un indigno espíritu de partido” se
unieron al extranjero “para
humillar su patria”; “ felonía [que] ni el sepulcro puede hacer
desaparecer".
Revolución
y orden
Como
jefe político y hombre de Estado, San Martín privilegió siempre la
unidad. Había sido testigo en Europa de las convulsiones sociales, la
anarquía y la guerra civil que acompañan a toda revolución y los muchos
males que de ellas se desprenden. Por eso su obsesión fue asegurar lo antes
posible la unidad de las Provincias Unidas, Chile y Perú, para un tránsito
ordenado a un sistema de mayor libertad política y económica.
Todos
los acontecimientos que hoy valoramos como cruciales en el proceso de
Independencia tuvieron a San Martín como protagonista decisivo:
la revolución de 1812, contra un gobierno que había olvidado que su misión
era consolidar la independencia y fundar una nueva Nación; la
gobernación de Cuyo, decisiva para direccionar los esfuerzos hacia el cruce
de los Andes y la campaña a Chile; el Congreso de Tucumán, donde un puñado
de patriotas selló nuestro destino de Nación independiente, etc. etc. En
todos estos eventos gloriosos quedó la huella de la personalidad de San
Martín y su claridad estratégica.
La
opción de hierro era independencia o muerte. Estoy "firme
en los principios de morir o ver la independencia de la América....",
decía San Martín, sabiendo que la apuesta era al todo o nada; pero eso no
implicaba que fuese un revolucionario exaltado. Muy por el contrario, su
mayor preocupación fue siempre encauzar las energías revolucionarias. Cómo
hacer la revolución en orden, era tal vez su mayor dilema y su gran
desvelo fue evitar la anarquía que finalmente se instaló en las Provincias
Unidas y lo hizo alejarse. "Destruir
para siempre el dominio español en el Perú y poner a los pueblos en el
ejercicio moderado de sus derechos, es el objeto esencial de la expedición
libertadora. Mas es necesario purgar esta tierra de la tiranía y ocupar a
sus hijos en salvar su patria antes que se consagren a bellas
teorías”. Con esta ironía se refería
San Martín al apresuramiento de
quienes querían poner las “liberalidades” por delante de las
instituciones. Cuando dotó al Perú de un reglamento de gobierno, dijo:
"Entre el escollo de una reforma
prematura, y el peligro de dejar intactos los abusos, hay un [término]
medio (...) He resuelto establecer el siguiente Reglamento usando de las
facultades que en mí residen y [habiendo] consultado el derecho que tienen
los pueblos al establecimiento de aquellas reglas de que penden el
orden y la seguridad general. (…) Yo habría podido encarecer la liberalidad
de mis principios en el estatuto provisorio, haciendo magníficas
declaraciones sobre los derechos del pueblo (...) para dar un aparato de
mayor popularidad a las formas actuales. Pero convencido de que la
sobreabundancia de máximas
laudables, no es al principio el mejor medio para establecerlas, me he
limitado a las ideas prácticas que
pueden y deben realizarse. Mientras existan enemigos en el país, y
hasta que el pueblo forme las primeras nociones del gobierno por sí mismo,
yo administraré el poder directivo del Estado". Tenemos aquí
claramente al hombre de gobierno, realista, conciente del medio en el cual
debe actuar, enemigo de toda demagogia. Como gobernante, San Martín bien
pudo hacer suyas las palabras de Napoleón: “Para
gobernar, no se trata de seguir una teoría más o menos buena, sino de
edificar con los materiales que se tienen al alcance de uno, de someterse a
las necesidades del momento y de saberlas aprovechar”.
No
es casual por otra parte que un jefe militar, que debe convocar, organizar e
inspirar a los hombres para llevarlos a la batalla, y sobre cuyos hombros
descansa por lo tanto la suerte de miles de almas, sea al mismo tiempo el
más capacitado para apreciar el alto valor de la vida humana y
comprender en consecuencia las ventajas de la convivencia en paz, del
respeto a las leyes y el establecimiento de un orden perdurable.
En
1833, ya en Europa, le escribe a su gran amigo Tomás Guido y, haciendo un
balance de más de dos décadas de convulsiones en la Patria, le dice: "el
título de un gobierno no está asignado sobre los principios pero sí
sobre la influencia que [éstos] tienen en
la felicidad de los que obedecen; dejémonos de teorías: los
hombres no viven de ilusiones sino de hechos; ¡Libertad! para que los
hombres honrados se vean atacados por una prensa licenciosa, sin que haya
leyes que los protejan. ¡Libertad! Para que, si me dedico a cualquier género
de industria venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años.
¡Libertad! , para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los
inmensos gastos originados, para que se sacrifique mis hijos a guerras
civiles, para verme expatriado el día menos pensado... ¡Maldita una y mil
veces tal libertad! (…) Yo prefiero el ostracismo voluntario que me he
impuesto a los goces de tal libertad. No señor don Tomás: no será el hijo
de mi madre el que vaya a presenciarlos; hasta
tanto vea un gobierno
establecido que con mano vigorosa pueda asegurarme mi tranquilidad y
honor”.
La
traducción política de los ideales sanmartinianos de "independencia,
libertad, felicidad y bienestar general" es, para él, "una
Constitución liberal y una libertad moderada y [que los habitantes] tengan
parte en
su destino político y se eleven
del abatimiento colonial a la dignidad de las naciones colindantes”.
San
Martín no veía, por otra
parte, en estas aspiraciones una contradicción absoluta con los intereses
de España. Por el contrario, desde Lima, como Protector del Perú, propició
un comonwealth entre las ex colonias y la Madre Patria y si esto no pudo
concretarse fue por la ceguera del gobierno español de entonces. Él, por
su parte, estaba convencido, como lo dijo públicamente, de que
“ninguna de las aspiraciones [de los americanos]
está por cierto en oposición con la amistad, con la protección y
con las relaciones de la Metrópoli española". Y, abriendo
negociaciones con la corona española restaurada, San Martín demostró en
la práctica que no tenía inconvenientes en establecer vínculos
comerciales especiales con España, con la sola e innegociable condición de
que ésta reconociese la soberanía política de los nuevos Estados.
La
lucha era contra la tiranía, contra el despotismo, contra los abusos del
gobierno, sobre cuya composición y designios, los ciudadanos no tenían la
menor posibilidad de intervención. Pero la lucha era también por el
establecimiento de un orden nuevo asentado en leyes ya que sólo así sería
previsible y permanente. De esta manera, explicaba San Martín, el ciudadano
que cumpliese las leyes podría vivir de su trabajo, acrecentar su
riqueza, legarla a sus hijos; sin temor a expropiaciones de las autoridades
o saqueos y robos de sus pares. "El
gobierno del Perú, escribió San Martín,
tan amante de la justicia, tan fiel a sus promesas, como enérgico y severo
cuando la salud de la patria lo exige, no
molestará en el ejercicio de su industria al ciudadano que sepa llenar los
deberes que le imponen las leyes del país en donde reside; y merecer la
protección del gobierno bajo el cual vive".
Hoy,
cuando los argentinos padecemos una patente ausencia de gobierno,
cabe recordar a ese San Martín que, paralelamente a la lucha por consolidar
la independencia, puso todo su esfuerzo en plasmar cuanto antes una
organización nacional basada en la unidad y asentada en un ordenamiento
legal que limitase las pasiones desatadas por la revolución y nos ahorrase
a los americanos los dolores de una siempre amenazante guerra civil. Hoy,
cuando sufrimos las consecuencias de tener gobernantes sin calidad política
ni visión estratégica, cabe recordar al hombre que fue jefe militar y
estadista a la vez y que muchos historiadores quisieron escamotear.
La
unidad nacional
Nadie
fue tan consciente como él de que la afirmación de la existencia de la
Nación hacia afuera y la consolidación de la autoridad hacia adentro eran
las dos caras de un mismo proceso. Al llegar al Plata, tomó contacto con
una realidad que le era desconocida. Su temprano alejamiento del suelo
natal, su formación en un medio -el militar- que estaba en esa época a la
vanguardia de las ideas y de las novedades, lo pusieron a salvo de los
sentimientos localistas y sectarios que tanto pesaron en las guerras civiles
posteriores a la revolución. La experiencia vivida en Europa lo llevó a
concebir soluciones para enfrentar la dispersión geográfica, la disparidad
socio-económica y el escaso desarrollo político. Todas las propuestas que
hizo y los mecanismos que utilizó para actuar sobre esa realidad,
estuvieron dictados por la necesidad de unificar el mando y así enfocar la
decisión política hacia los objetivos prioritarios, evitando la dispersión
de esfuerzos.
Para
él gobierno implicaba unidad.
Sin unidad no habría Nación, sin Nación no se podía aspirar al respeto
de la comunidad internacional. Tener
Patria significaba una existencia independiente en el concierto mundial.
Las logias fueron la herramienta para hegemonizar la opinión política de
la elite dirigente y así unificar el mando. Las tendencias autonomistas que
explotaron en el virreinato tras la vacancia del trono español eran, desde
su punto de vista, peligrosas y retrógradas porque abrían el camino a la
restauración de la tiranía y retrasaban el advenimiento de la libertad política.
Eran resabios del orden viejo que había que desterrar; eran fruto del
desconocimiento absoluto de las ventajas que el orden civil y el gobierno
representativo podían traer. San Martín habló muchas veces del “federalismo
mal entendido”; se refería a la anarquía, al localismo que desconoce
la necesidad de unirse para preservar la existencia política de la Nación;
en tanto que el federalismo "bien
entendido", el que él
propiciaba, era la alianza perpetua, con rango constitucional, entre los
Estados hermanos de Chile, Perú y las Provincias Unidas del Río de la
Plata que de este modo se fortalecerían y podrían consolidar su
independencia.
Pero
San Martín fue contemporizador con la realidad que encontró en Sudamérica
por eso combinó su vocación unitaria con la aceptación de la diversidad
de formas institucionales según la idiosincrasia de cada pueblo. A
diferencia de los unitarios, respetó la pluralidad y no
planteó jamás la supremacía porteña. En reiteradas oportunidades
propuso inclusive mudar la capital al interior y lo fundamentó en la
necesidad de atender “a las justas
quejas de las provincias”. Cuando marchó al Perú negándose a
desenvainar su sable para derramar sangre de otros americanos, se estaba
resistiendo a sacrificar el objetivo principal de la lucha, la independencia
de la América del Sur, a los caprichos de la elite porteña; estaba
reafirmando que el interés nacional debía estar por encima de los
intereses sectoriales.
La
declaración de la independencia
Desde
Mendoza, durante los últimos meses del año 1815 y todo el 16, San Martín
siguió ansiosamente las alternativas de la reunión del Congreso que en
Tucumán debía definir la suerte de las provincias insurreccionadas contra
España. No hay duda de que por momentos juzgaba la situación como
desesperada. En septiembre de 1816, le escribía a un amigo: "...yo
estoy seguro del asombro de Ud. al contemplar el encadenamiento no
interrumpido de desastres, desorganización y anarquía: (...) la sola
consideración de poder servir algo a mi patria, no me ha hecho tomar el
partido de abandonarla para no ser testigo de su total ruina: ésta no la
temo de los españoles, pero sí de las desavenencias domésticas, de
nuestra falta de educación y juicio: por fortuna, la única provincia, y
tropas que mantienen el orden y se han libertado del contagio general son
las de Cuyo, pero crea Ud. que me ha costado esfuerzos sobrenaturales
conseguirlo, ya empleando un rigor extraordinario (que mis paisanos llaman
crueldad y despotismo), ya halagando, etc. "
Pero, a diferencia de lo sucedido con otros protagonistas de la
revolución de independencia, este diagnóstico no lleva a San Martín a
desandar el camino recorrido intentando una deshonrosa e improbable absolución
española, sino a encarar la única salida posible: hacia adelante. En ese
mismo momento ya estaban en pleno desarrollo los preparativos para la campaña
a Chile. Asimismo, meses antes, había sido él quien más había
presionado, a través de los diputados cuyanos, para que el Congreso
declarase la Independencia. "¡Hasta
cuándo esperamos para declarar nuestra Independencia!, le escribía
impaciente a Tomás Godoy Cruz en abril de 1816. San Martín estaba decidido
a marchar a Chile al frente del ejército de una Nación independiente,
enarbolando su pabellón nacional y respaldado por un Congreso constituyente
y no como jefe de una fuerza insurgente.
Para
quien desde el presente observa acontecimientos cuyo desenlace ya conoce,
puede resultar tentador plantear la inexorabilidad del resultado: tarde o
temprano, América sería independiente. Esto dificulta la comprensión del
punto de vista de quienes estaban inmersos en la coyuntura. Desde 1810 y, más
aún, 1816, no resultaba tan fácil ser optimista en cuanto al futuro. Los
hombres que sobresalen o se destacan en esas etapas de transición son los
que se ven a sí mismos como instrumentos
de un destino que intuyen, de un futuro en cuya realización tienen fe.
Se trataba de tener la templanza necesaria para seguir, como decía Bernardo
de Monteagudo, el "espíritu del
siglo y el orden de la naturaleza”, aún en aquellos momentos en que
la historia parecía querer dar marcha atrás. San Martín perteneció a ese
grupo de hombres que vivió su tiempo con la absoluta conciencia histórica
de estar trabajando en el sentido del advenimiento de un orden nuevo. Fe que
estaba muy lejos de ser compartida por todos. El 9 de julio de 1816, la
declaración de independencia, que tuvo como principales artífices a Manuel
Belgrano y a San Martín, marcó la irreversibilidad del curso que los
acontecimientos habían tomado seis años antes.
Pero
en 1815, avanzaba la restauración monárquica en toda Europa y muchos
patriotas americanos fueron ganados por el desánimo y aún el
arrepentimiento. El retiro de Napoleón de la escena europea desencadenó la
reacción absolutista en el viejo Continente y sembró la desesperanza en la
América revolucionaria. En 1815 la única república que se mantenía en
pie eran los Estados Unidos de Norteamérica y en Europa solamente
Inglaterra exhibía un sistema basado en principios liberales. Mientras
tanto, en la América española las Provincias Unidas del Río de la Plata
eran el único territorio que no había sido recuperado por los realistas.
Por lo tanto, para la contemporaneidad de 1815 se estaba aún muy lejos del
fin del absolutismo. En consecuencia, ese puñado de representantes de las
provincias que en Tucumán declaró la independencia de las Provincias
Unidas del Sur quemó las naves protagonizando una
verdadera hazaña en un contexto continental y mundial hostil.
Religiosidad
San
Martín, como otros grandes hombres, fue también objeto de esa operación
que consiste en presentarlos como sobrenaturales, seres al margen de la
historia. Pero lo que hace grande a un hombre es precisamente, su calidad de
tal, y su capacidad para, superando los escollos que la realidad le
presenta, cumplir la misión que la Providencia le ha fijado. Hegel definió
al “gran hombre de una época” como
“el que sabe formular con palabras
el anhelo de su época, el que sabe decir a su época lo que ella anhela, y sabe
realizarlo. Él da realidad a su época”. No hay duda de que los
grandes hombres no están al margen de la historia; de hecho si
así fuese, no serían grandes. Si se destacan, es precisamente porque
viven su tiempo con mayor conciencia histórica que otros y eso les permite
construir en el sentido del futuro. De este modo, ligan su trayectoria a
acontecimientos transformadores de su época; acontecimientos que ellos por
sí solos no provocan pero sobre los cuales queda la huella de sus
decisiones personales.
La política, como acción
transformadora de la realidad, es
ciencia pero también, y sobre todo, es arte. Como en todo arte, el
hombre imprime en ella su personalidad. Porque como arte, la política es
algo interior al hombre y es por lo tanto lo que éste pone de sí en la
realidad. Y la huella que San Martín dejó, la impronta que puso en la Nación
recién creada, fue la de la religiosidad, reflejada en el signo
trascendente que le dio a su accionar y a su vida misma. San Martín fue un
emergente de una generación convencida de que la realidad social y política
debía ser transformada en el sentido de ese orden natural que finalmente no
era más que el dictado de la razón humana. Ahora bien, el racionalismo del
Libertador había pasado por el tamiz de la cultura española de la cual el
rasgo principal que podemos ver fue su fe.
En
todo su accionar americano, San Martín se puso siempre en manos de la
divina Providencia, permanentemente invocó a Dios y proclamó a la Virgen
del Carmen patrona del Ejército de los Andes. A ella le donó su bastón de
mando después de la batalla de Maipú, gesto que acompañó con un escrito
donde reconocía “la decidida
protección que nuestra Madre y Señora” brindó al Ejército. Al
mismo tiempo, nunca descuidó los aspectos institucionales. El artículo 1º
del Estatuto Provisional dictado por San Martín como Protector de la
libertad del Perú, establecía: "La
religión católica, apostólica y romana es la religión del Estado”. En
Santiago de Chile dispuso que todos los domingos después de la misa, los
capellanes de los cuerpos predicasen "sobre
los deberes de nuestra Santa Religión como de la sagrada Causa que
defendemos...”.
Pero
la más elevada manifestación de su fe estuvo en su vida misma, en la
manera en que aceptó y cumplió el papel que le asignó la Providencia.
No por casualidad el estoicismo tiene raíz hispana y ese rasgo está
presente en la personalidad de San Martín. Los estoicos consideraban sus
vidas como vocación, como deber asignado por Dios, de la misma manera que
un soldado tiene un deber asignado por su jefe. El mundo es un gran
escenario y el deber de todo hombre, desde el más grande hasta el más
humilde, es representar bien el papel que se le ha señalado.
Homenajes
Los
argentinos podemos trazar un claro paralelo entre el reconocimiento que
tributamos a José de San Martín y nuestro devenir como Nación.
Pensemos en la forma apoteósica en la cual el Libertador fue recordado
cuando se cumplió el primer centenario de su desaparición física. Era el
año 1950 y en el país, así como en Perú, Chile, y el mundo entero, hubo,
a la par de los homenajes, una verdadera explosión editorial de trabajos
sobre su vida y su obra. Ese año, la Casa Blanca emitió una declaración
de homenaje a San Martín, “Celebrado
héroe americano”, firmada por el entonces Presidente Harry Truman. Lo
esencial de los homenajes entonces realizados en nuestra Patria apuntó a la
reafirmación del papel de San Martín en nuestra historia. Pensemos en
cambio en la pobreza de los actos
gubernamentales hace muy poco, en agosto de 2000, al cumplirse los 150 años
de la muerte del Libertador. Bajo un gobierno sin vocación de grandeza, sin
visión estratégica, la Patria pierde el rumbo. No es casual que en
momentos como éstos resurja la calumnia contra nuestro héroe máximo,
disimulada ahora tras la supuesta intención de mostrar al “hombre de
carne y hueso” o bien como expresión de esnobismo iconoclasta. No es
casual que en momentos en que el desgobierno, la cortedad de miras, la
desmedida ambición personal sin visión política, están minando los
cimientos mismos de nuestra existencia como Nación, prevalezcan el
agnosticismo y el relativismo. San Martín no podía estar a salvo. Como decía
Enrique Santos Discépolo:
“¡Todo
es igual! ¡Nada es mejor! (…)
No
hay aplazados ni escalafón. (…)
¡Qué
falta de respeto,
qué
atropello a la razón!
Cualquiera
es un señor,
cualquiera
es un ladrón.
Mezclao
con Stavisky
va
Don Bosco y la Mignon,
Don
Chicho y Napoleón,
Carnera
y San Martín…”
Sólo
cuando tengamos un gobierno digno de nuestra trayectoria como país y de
nuestros anhelos, un gobierno que, como aspiraba el Libertador, “asegure
nuestra tranquilidad y honor”;
sólo cuando recuperemos las riendas de nuestro destino, podrá nuevamente
la Argentina rendir a San Martín el homenaje que como Padre de la Patria se
merece.
Claudia Peiró
Tribuna de Opiniones
17
de agosto de 2002