San Martín, genio militar y político  

 

¿Por qué fue negado como político a la vez que se lo ensalzaba como militar?

Los argentinos podemos trazar un paralelo entre la forma en que homenajeamos a José de San Martín y nuestro devenir como Nación

El valor de su legado político en el actual momento histórico

 

                                                                                                                  

Los diplomáticos extranjeros que actuaron en Sudamérica durante los años de la lucha por la emancipación de las Provincias Unidas, Chile y Perú, admiraron a José de San Martín y lo equipararon a sus héroes nacionales. Quizá el mejor ejemplo sea el del delegado de los Estados Unidos para Chile, Perú y Buenos Aires, W. G. D. Worthington, quien en 1819 le envió una nota al Secretario de Estado de su país diciendo: “Considero a San Martín el hombre más grande que he visto en la América del Sur. (…) Si va contra Perú lo emancipará y será el Supremo Magistrado de la Gran Confederación”. Ese mismo año, en una comida ofrecida por el gobierno chileno, el representante norteamericano elevó su copa para brindar por “el Washington de la América del Sur”. Al cumplirse el primer centenario del fallecimiento de San Martín, en 1950, el historiador francés André Fugier, biógrafo de Napoleón Bonaparte, escribió: “Napoleón, el Emperador, el que manda a los hombres. San Martín, el Libertador, el que rompe las cadenas. ¡Contraste! Y sin embargo, al lado de todas las diferencias y de todas las oposiciones, y por encima de ellas, ¿no hay aspectos comunes? Sin ninguna duda, esos que uno percibe en todos los espíritus de los conductores de pueblos. Aquél sobre el cual queremos insistir aquí, es el de la maravillosa claridad del juicio político”.

Los observadores extranjeros vieron en San Martín a alguien que encarnó el ideal de Independencia y defendió con consecuencia los intereses de su Patria. Por eso lo respetaron. El ya citado Worthington, en otro informe a sus superiores, decía, en referencia a otros sudamericanos que, por sectarismo, conspiraban para derrocar a San Martín y O’Higgins en Chile: “Siempre que un hombre parezca ponerse del lado del enemigo de su país o que con su conducta lo ayude por alguna causa, ceso de respetarlo y de confiar en él”.

En su prólogo a la edición de los Documentos de San Martín, en 1950, Juan Perón decía que hay momentos en la Historia en que los pueblos con espíritu de grandeza encuentran el hombre capaz de hacerse intérprete y realizador de sus anhelos. “Pueblos hay que pasan por el mundo sin encontrarse con ‘el hombre’ anhelado; y hombres gigantescos no encuentran muchas veces ‘el pueblo’ que desean”. Los argentinos tuvimos la fortuna de “encontrar” a San Martín y él dejó su huella indeleble en la matriz de nuestra Nación.

Su gesta despertó la admiración del mundo y el amor de un pueblo que no dudó en seguirlo hasta la gloria o la muerte. Pero los logros de San Martín también suscitaron envidia y resquemores y no faltaron los detractores que llegaron incluso a acusarlo de querer coronarse rey. A ésos, él les respondió que, de haber querido hacerlo, no eran ellos quienes habrían podido impedírselo. En efecto, él pudo ser jefe de gobierno en todos los países donde actuó y varias veces fue convocado por Buenos Aires, Santiago y Lima para tal fin. Si no lo fue es porque no quiso. Y eso despertó el odio de quienes, para ocupar una magistratura importante, tuvieron que recurrir a maniobras institucionales espurias ya que no contaban, como el General, con el favor popular.

Cuando las pasiones despertadas por la revolución y la guerra se fueron aplacando en Sudamérica, le llegó también a San Martín el reconocimiento institucional –el de los pueblos siempre lo tuvo- de las naciones cuya libertad consolidó: Perú, Chile y Argentina. Pero esto no fue siempre así. En sus años de actuación en estas tierras y, particularmente tras su retiro de Lima, tuvo que soportar la calumnia y hasta fue objeto de la conspiración. Sorprende leer hoy la clase de bajezas que cierta prensa publicaba en aquél entonces sobre el Libertador de medio continente, en un vano intento por menoscabar su gloria. De la mayoría de estos detractores, la historia no registra siquiera su paso por este mundo.

Otros pocos variaron su juicio por la fuerza de las circunstancias y, afortunadamente para ellos, tuvieron biógrafos piadosos que se encargaron de hacer a un lado sus escritos infundiosos contra San Martín que, de conocerse, sólo los desprestigiarían a ellos y de los cuales hoy seguramente se arrepentirían.

Finalmente hubo algunos que, cuando no les quedó más remedio que reconocer la gloria de San Martín, recurrieron entonces al subterfugio de elogiarlo como soldado y negarlo como político, lo cual es un claro sinsentido, ya que no existe hazaña militar como la que San Martín llevó a cabo que no esté inspirada por una concepción superior de la política. Pero la táctica fue presentarlo como soldado y estratega militar brillante, genial incluso; pero como político mediocre. Él hacía campañas militares mientras la elite porteña construía la Nación. Nada más lejos de la realidad. San Martín fue un jefe cabal y, aunque en general se mostró reticente a ocupar cargos públicos, siempre intervino en los asuntos de gobierno y en la organización estatal en todos los territorios en los cuales luchó. Lo que sus primeros biógrafos, todavía influidos por las divisiones que desgarraron a la Patria en los años de la organización nacional –muchos de ellos inclusive habían militado en una u otra facción-, no le perdonaron a San Martín fue el no haber querido intervenir en las luchas internas y el haber puesto claramente el objetivo de la independencia por encima de los intereses locales además de su lapidaria condena a los americanos que " por un indigno espíritu de partido”  se unieron al extranjero “para humillar su patria”; “ felonía [que] ni el sepulcro puede hacer desaparecer".

 

Revolución y orden

 

Como jefe político y hombre de Estado, San Martín privilegió siempre la unidad. Había sido testigo en Europa de las convulsiones sociales, la anarquía y la guerra civil que acompañan a toda revolución y los muchos males que de ellas se desprenden. Por eso su obsesión fue asegurar lo antes posible la unidad de las Provincias Unidas, Chile y Perú, para un tránsito ordenado a un sistema de mayor libertad política y económica.

Todos los acontecimientos que hoy valoramos como cruciales en el proceso de Independencia tuvieron a San Martín como protagonista decisivo: la revolución de 1812, contra un gobierno que había olvidado que su misión era consolidar la independencia y fundar una nueva Nación;  la gobernación de Cuyo, decisiva para direccionar los esfuerzos hacia el cruce de los Andes y la campaña a Chile; el Congreso de Tucumán, donde un puñado de patriotas selló nuestro destino de Nación independiente, etc. etc. En todos estos eventos gloriosos quedó la huella de la personalidad de San Martín y su claridad estratégica.  

La opción de hierro era independencia o muerte. Estoy "firme en los principios de morir o ver la independencia de la América....", decía San Martín, sabiendo que la apuesta era al todo o nada; pero eso no implicaba que fuese un revolucionario exaltado. Muy por el contrario, su mayor preocupación fue siempre encauzar las energías revolucionarias. Cómo hacer la revolución en orden, era tal vez su mayor dilema y su gran desvelo fue evitar la anarquía que finalmente se instaló en las Provincias Unidas y lo hizo alejarse. "Destruir para siempre el dominio español en el Perú y poner a los pueblos en el ejercicio moderado de sus derechos, es el objeto esencial de la expedición libertadora. Mas es necesario purgar esta tierra de la tiranía y ocupar a sus hijos en salvar su patria antes que se consagren a bellas teorías. Con esta ironía se refería San Martín al apresuramiento de quienes querían poner las “liberalidades” por delante de las instituciones. Cuando dotó al Perú de un reglamento de gobierno, dijo: "Entre el escollo de una reforma prematura, y el peligro de dejar intactos los abusos, hay un [término] medio (...) He resuelto establecer el siguiente Reglamento usando de las facultades que en mí residen y [habiendo] consultado el derecho que tienen los pueblos al establecimiento de aquellas reglas de que penden el orden y la seguridad general. (…) Yo habría podido encarecer la liberalidad de mis principios en el estatuto provisorio, haciendo magníficas declaraciones sobre los derechos del pueblo (...) para dar un aparato de mayor popularidad a las formas actuales. Pero convencido de que la sobreabundancia de máximas laudables, no es al principio el mejor medio para establecerlas, me he limitado a las ideas prácticas que pueden y deben realizarse. Mientras existan enemigos en el país, y hasta que el pueblo forme las primeras nociones del gobierno por sí mismo, yo administraré el poder directivo del Estado". Tenemos aquí claramente al hombre de gobierno, realista, conciente del medio en el cual debe actuar, enemigo de toda demagogia. Como gobernante, San Martín bien pudo hacer suyas las palabras de Napoleón: “Para gobernar, no se trata de seguir una teoría más o menos buena, sino de edificar con los materiales que se tienen al alcance de uno, de someterse a las necesidades del momento y de saberlas aprovechar”.

No es casual por otra parte que un jefe militar, que debe convocar, organizar e inspirar a los hombres para llevarlos a la batalla, y sobre cuyos hombros descansa por lo tanto la suerte de miles de almas, sea al mismo tiempo el más capacitado para apreciar el alto valor de la vida humana y comprender en consecuencia las ventajas de la convivencia en paz, del respeto a las leyes y el establecimiento de un orden perdurable.

En 1833, ya en Europa, le escribe a su gran amigo Tomás Guido y, haciendo un balance de más de dos décadas de convulsiones en la Patria, le dice: "el título de un gobierno no está  asignado sobre los principios pero sí sobre la influencia que [éstos] tienen en la felicidad de los que obedecen; dejémonos de teorías: los hombres no viven de ilusiones sino de hechos; ¡Libertad! para que los hombres honrados se vean atacados por una prensa licenciosa, sin que haya leyes que los protejan. ¡Libertad! Para que, si me dedico a cualquier género de industria venga una revolución que me destruya el trabajo de muchos años. ¡Libertad! , para que se me cargue de contribuciones a fin de pagar los inmensos gastos originados, para que se sacrifique mis hijos a guerras civiles, para verme expatriado el día menos pensado... ¡Maldita una y mil veces tal libertad! (…) Yo prefiero el ostracismo voluntario que me he impuesto a los goces de tal libertad. No señor don Tomás: no será el hijo de mi madre el que vaya a presenciarlos; hasta tanto vea un  gobierno establecido que con mano vigorosa pueda asegurarme mi tranquilidad y honor”.

La traducción política de los ideales sanmartinianos de "independencia, libertad, felicidad y bienestar general" es, para él, "una Constitución liberal y una libertad moderada y [que los habitantes] tengan parte en su destino político y se eleven del abatimiento colonial a la dignidad de las naciones colindantes”.

San Martín no veía, por otra parte, en estas aspiraciones una contradicción absoluta con los intereses de España. Por el contrario, desde Lima, como Protector del Perú, propició un comonwealth entre las ex colonias y la Madre Patria y si esto no pudo concretarse fue por la ceguera del gobierno español de entonces. Él, por su parte, estaba convencido, como lo dijo públicamente, de que “ninguna de las aspiraciones [de los americanos] está  por cierto en oposición con la amistad, con la protección y con las relaciones de la Metrópoli española". Y, abriendo negociaciones con la corona española restaurada, San Martín demostró en la práctica que no tenía inconvenientes en establecer vínculos comerciales especiales con España, con la sola e innegociable condición de que ésta reconociese la soberanía política de los nuevos Estados.

La lucha era contra la tiranía, contra el despotismo, contra los abusos del gobierno, sobre cuya composición y designios, los ciudadanos no tenían la menor posibilidad de intervención. Pero la lucha era también por el establecimiento de un orden nuevo asentado en leyes ya que sólo así sería previsible y permanente. De esta manera, explicaba San Martín, el ciudadano que cumpliese las leyes podría vivir de su trabajo, acrecentar su riqueza, legarla a sus hijos; sin temor a expropiaciones de las autoridades o saqueos y robos de sus pares. "El gobierno del Perú, escribió San Martín, tan amante de la justicia, tan fiel a sus promesas, como enérgico y severo cuando la salud de la patria lo exige, no molestará en el ejercicio de su industria al ciudadano que sepa llenar los deberes que le imponen las leyes del país en donde reside; y merecer la protección del gobierno bajo el cual vive".

Hoy, cuando los argentinos padecemos una patente ausencia de gobierno, cabe recordar a ese San Martín que, paralelamente a la lucha por consolidar la independencia, puso todo su esfuerzo en plasmar cuanto antes una organización nacional basada en la unidad y asentada en un ordenamiento legal que limitase las pasiones desatadas por la revolución y nos ahorrase a los americanos los dolores de una siempre amenazante guerra civil. Hoy, cuando sufrimos las consecuencias de tener gobernantes sin calidad política ni visión estratégica, cabe recordar al hombre que fue jefe militar y estadista a la vez y que muchos historiadores quisieron escamotear.  

 

La unidad nacional

 

Nadie fue tan consciente como él de que la afirmación de la existencia de la Nación hacia afuera y la consolidación de la autoridad hacia adentro eran las dos caras de un mismo proceso. Al llegar al Plata, tomó contacto con una realidad que le era desconocida. Su temprano alejamiento del suelo natal, su formación en un medio -el militar- que estaba en esa época a la vanguardia de las ideas y de las novedades, lo pusieron a salvo de los sentimientos localistas y sectarios que tanto pesaron en las guerras civiles posteriores a la revolución. La experiencia vivida en Europa lo llevó a concebir soluciones para enfrentar la dispersión geográfica, la disparidad socio-económica y el escaso desarrollo político. Todas las propuestas que hizo y los mecanismos que utilizó para actuar sobre esa realidad, estuvieron dictados por la necesidad de unificar el mando y así enfocar la decisión política hacia los objetivos prioritarios, evitando la dispersión de esfuerzos.

 Para él gobierno implicaba unidad. Sin unidad no habría Nación, sin Nación no se podía aspirar al respeto de la comunidad internacional. Tener Patria significaba una existencia independiente en el concierto mundial. Las logias fueron la herramienta para hegemonizar la opinión política de la elite dirigente y así unificar el mando. Las tendencias autonomistas que explotaron en el virreinato tras la vacancia del trono español eran, desde su punto de vista, peligrosas y retrógradas porque abrían el camino a la restauración de la tiranía y retrasaban el advenimiento de la libertad política. Eran resabios del orden viejo que había que desterrar; eran fruto del desconocimiento absoluto de las ventajas que el orden civil y el gobierno representativo podían traer. San Martín habló muchas veces del “federalismo mal entendido”; se refería a la anarquía, al localismo que desconoce la necesidad de unirse para preservar la existencia política de la Nación; en tanto que el federalismo "bien entendido", el que él propiciaba, era la alianza perpetua, con rango constitucional, entre los Estados hermanos de Chile, Perú y las Provincias Unidas del Río de la Plata que de este modo se fortalecerían y podrían consolidar su independencia.

Pero San Martín fue contemporizador con la realidad que encontró en Sudamérica por eso combinó su vocación unitaria con la aceptación de la diversidad de formas institucionales según la idiosincrasia de cada pueblo. A diferencia de los unitarios, respetó la pluralidad y no planteó jamás la supremacía porteña. En reiteradas oportunidades propuso inclusive mudar la capital al interior y lo fundamentó en la necesidad de atender “a las justas quejas de las provincias”. Cuando marchó al Perú negándose a desenvainar su sable para derramar sangre de otros americanos, se estaba resistiendo a sacrificar el objetivo principal de la lucha, la independencia de la América del Sur, a los caprichos de la elite porteña; estaba reafirmando que el interés nacional debía estar por encima de los intereses sectoriales.

 

La declaración de la independencia

 

Desde Mendoza, durante los últimos meses del año 1815 y todo el 16, San Martín siguió ansiosamente las alternativas de la reunión del Congreso que en Tucumán debía definir la suerte de las provincias insurreccionadas contra España. No hay duda de que por momentos juzgaba la situación como desesperada. En septiembre de 1816, le escribía a un amigo: "...yo estoy seguro del asombro de Ud. al contemplar el encadenamiento no interrumpido de desastres, desorganización y anarquía: (...) la sola consideración de poder servir algo a mi patria, no me ha hecho tomar el partido de abandonarla para no ser testigo de su total ruina: ésta no la temo de los españoles, pero sí de las desavenencias domésticas, de nuestra falta de educación y juicio: por fortuna, la única provincia, y tropas que mantienen el orden y se han libertado del contagio general son las de Cuyo, pero crea Ud. que me ha costado esfuerzos sobrenaturales conseguirlo, ya empleando un rigor extraordinario (que mis paisanos llaman crueldad y despotismo), ya halagando, etc. "

            Pero, a diferencia de lo sucedido con otros protagonistas de la revolución de independencia, este diagnóstico no lleva a San Martín a desandar el camino recorrido intentando una deshonrosa e improbable absolución española, sino a encarar la única salida posible: hacia adelante. En ese mismo momento ya estaban en pleno desarrollo los preparativos para la campaña a Chile. Asimismo, meses antes, había sido él quien más había presionado, a través de los diputados cuyanos, para que el Congreso declarase la Independencia. "¡Hasta cuándo esperamos para declarar nuestra Independencia!, le escribía impaciente a Tomás Godoy Cruz en abril de 1816. San Martín estaba decidido a marchar a Chile al frente del ejército de una Nación independiente, enarbolando su pabellón nacional y respaldado por un Congreso constituyente y no como jefe de una fuerza insurgente.

 Para quien desde el presente observa acontecimientos cuyo desenlace ya conoce, puede resultar tentador plantear la inexorabilidad del resultado: tarde o temprano, América sería independiente. Esto dificulta la comprensión del punto de vista de quienes estaban inmersos en la coyuntura. Desde 1810 y, más aún, 1816, no resultaba tan fácil ser optimista en cuanto al futuro. Los hombres que sobresalen o se destacan en esas etapas de transición son los que se ven a sí mismos como instrumentos de un destino que intuyen, de un futuro en cuya realización tienen fe. Se trataba de tener la templanza necesaria para seguir, como decía Bernardo de Monteagudo, el "espíritu del siglo y el orden de la naturaleza”, aún en aquellos momentos en que la historia parecía querer dar marcha atrás. San Martín perteneció a ese grupo de hombres que vivió su tiempo con la absoluta conciencia histórica de estar trabajando en el sentido del advenimiento de un orden nuevo. Fe que estaba muy lejos de ser compartida por todos. El 9 de julio de 1816, la declaración de independencia, que tuvo como principales artífices a Manuel Belgrano y a San Martín, marcó la irreversibilidad del curso que los acontecimientos habían tomado seis años antes.

Pero en 1815, avanzaba la restauración monárquica en toda Europa y muchos patriotas americanos fueron ganados por el desánimo y aún el arrepentimiento. El retiro de Napoleón de la escena europea desencadenó la reacción absolutista en el viejo Continente y sembró la desesperanza en la América revolucionaria. En 1815 la única república que se mantenía en pie eran los Estados Unidos de Norteamérica y en Europa solamente Inglaterra exhibía un sistema basado en principios liberales. Mientras tanto, en la América española las Provincias Unidas del Río de la Plata eran el único territorio que no había sido recuperado por los realistas. Por lo tanto, para la contemporaneidad de 1815 se estaba aún muy lejos del fin del absolutismo. En consecuencia, ese puñado de representantes de las provincias que en Tucumán declaró la independencia de las Provincias Unidas del Sur quemó las naves protagonizando una verdadera hazaña en un contexto continental y mundial hostil.

 

Religiosidad

 

San Martín, como otros grandes hombres, fue también objeto de esa operación que consiste en presentarlos como sobrenaturales, seres al margen de la historia. Pero lo que hace grande a un hombre es precisamente, su calidad de tal, y su capacidad para, superando los escollos que la realidad le presenta, cumplir la misión que la Providencia le ha fijado. Hegel definió al “gran hombre de una época” como “el que sabe formular con palabras el anhelo de su época, el que sabe decir a su época lo que ella anhela, y sabe realizarlo. Él da realidad a su época”. No hay duda de que los grandes hombres no están al margen de la historia; de hecho si así fuese, no serían grandes. Si se destacan, es precisamente porque viven su tiempo con mayor conciencia histórica que otros y eso les permite construir en el sentido del futuro. De este modo, ligan su trayectoria a acontecimientos transformadores de su época; acontecimientos que ellos por sí solos no provocan pero sobre los cuales queda la huella de sus decisiones personales.

            La política, como acción transformadora de la realidad, es ciencia pero también, y sobre todo, es arte. Como en todo arte, el hombre imprime en ella su personalidad. Porque como arte, la política es algo interior al hombre y es por lo tanto lo que éste pone de sí en la realidad. Y la huella que San Martín dejó, la impronta que puso en la Nación recién creada, fue la de la religiosidad, reflejada en el signo trascendente que le dio a su accionar y a su vida misma. San Martín fue un emergente de una generación convencida de que la realidad social y política debía ser transformada en el sentido de ese orden natural que finalmente no era más que el dictado de la razón humana. Ahora bien, el racionalismo del Libertador había pasado por el tamiz de la cultura española de la cual el rasgo principal que podemos ver fue su fe.

En todo su accionar americano, San Martín se puso siempre en manos de la divina Providencia, permanentemente invocó a Dios y proclamó a la Virgen del Carmen patrona del Ejército de los Andes. A ella le donó su bastón de mando después de la batalla de Maipú, gesto que acompañó con un escrito donde reconocía “la decidida protección que nuestra Madre y Señora” brindó al Ejército. Al mismo tiempo, nunca descuidó los aspectos institucionales. El artículo 1º del Estatuto Provisional dictado por San Martín como Protector de la libertad del Perú, establecía: "La religión católica, apostólica y romana es la religión del Estado”. En Santiago de Chile dispuso que todos los domingos después de la misa, los capellanes de los cuerpos predicasen "sobre los deberes de nuestra Santa Religión como de la sagrada Causa que defendemos...”.

Pero la más elevada manifestación de su fe estuvo en su vida misma, en la manera en que aceptó y cumplió el papel que le asignó la Providencia. No por casualidad el estoicismo tiene raíz hispana y ese rasgo está presente en la personalidad de San Martín. Los estoicos consideraban sus vidas como vocación, como deber asignado por Dios, de la misma manera que un soldado tiene un deber asignado por su jefe. El mundo es un gran escenario y el deber de todo hombre, desde el más grande hasta el más humilde, es representar bien el papel que se le ha señalado.

 

Homenajes

 

Los argentinos podemos trazar un claro paralelo entre el reconocimiento que tributamos a José de San Martín y nuestro devenir como Nación. Pensemos en la forma apoteósica en la cual el Libertador fue recordado cuando se cumplió el primer centenario de su desaparición física. Era el año 1950 y en el país, así como en Perú, Chile, y el mundo entero, hubo, a la par de los homenajes, una verdadera explosión editorial de trabajos sobre su vida y su obra. Ese año, la Casa Blanca emitió una declaración de homenaje a San Martín, “Celebrado héroe americano”, firmada por el entonces Presidente Harry Truman. Lo esencial de los homenajes entonces realizados en nuestra Patria apuntó a la reafirmación del papel de San Martín en nuestra historia. Pensemos en cambio en la pobreza de los actos gubernamentales hace muy poco, en agosto de 2000, al cumplirse los 150 años de la muerte del Libertador. Bajo un gobierno sin vocación de grandeza, sin visión estratégica, la Patria pierde el rumbo. No es casual que en momentos como éstos resurja la calumnia contra nuestro héroe máximo, disimulada ahora tras la supuesta intención de mostrar al “hombre de carne y hueso” o bien como expresión de esnobismo iconoclasta. No es casual que en momentos en que el desgobierno, la cortedad de miras, la desmedida ambición personal sin visión política, están minando los cimientos mismos de nuestra existencia como Nación, prevalezcan el agnosticismo y el relativismo. San Martín no podía estar a salvo. Como decía Enrique Santos Discépolo:

 

 “¡Todo es igual! ¡Nada es mejor! (…)

No hay aplazados ni escalafón. (…)

¡Qué falta de respeto,

qué atropello a la razón!

Cualquiera es un señor,

cualquiera es un ladrón.

Mezclao con Stavisky

va Don Bosco y la Mignon,

Don Chicho y Napoleón,

Carnera y San Martín…”

 

Sólo cuando tengamos un gobierno digno de nuestra trayectoria como país y de nuestros anhelos, un gobierno que, como aspiraba el Libertador, “asegure nuestra tranquilidad y honor”; sólo cuando recuperemos las riendas de nuestro destino, podrá nuevamente la Argentina rendir a San Martín el homenaje que como Padre de la Patria se merece.

 

                                                                                  Claudia Peiró

                                                            Tribuna de Opiniones

                                                              17 de agosto de 2002

 

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