Enviado por la agencia: Agnda de reflexion
12
de agosto, Día de la Reconquista
Las
naciones adquieren su fisonomía en la lucha por su independencia y su
integridad, y la nuestra no constituye una excepción. Es que sólo quien se
enfrenta a la historia puede dominarla; por el contrario, quien quiere evitarla
y pasarla por alto es su prisionero. No comprenderá nada de nuestra historia,
pasada y presente, quien no tenga presente esta noción, harto descuidada. A una
dura empresa de más de cuatro siglos debemos el ser de la Argentina.
Con
el siglo XIX se inicia en Buenos Aires un primer esbozo de vida social refinada.
Se traen pelucas de Francia y se empiezan a ensayar torpes y grotescas
reverencias en la corte del virrey. El Telégrafo Mercantil se referirá
a esos tenderos y contrabandistas puestos a aristocracia aluvional renegando
del
que a nadie quita
cortés
el sombrero
y
que hace diez años
era
aquí pulpero.
En Europa, el 21 de octubre de 1805 la flota española es totalmente
aniquilada por la inglesa en el desastre de Trafalgar y al año siguiente el
emperador Napoleón da el golpe de gracia a los prusianos en la batalla de Jena.
Los ingleses alentaban el propósito de aprovechar la decadencia y depresión de
España para sucederla en la posesión de sus colonias. Era la coronación de un
viejo anhelo, y el triunfo definitivo sobre el espíritu “papista” y católico,
un obstáculo para la dominación mundial del naciente imperio británico.
La perspectiva debía ser grata también a muchos en el nuevo mundo,
asqueados por el deshonor y la ruina a la que los arrastraba la política de
Carlos IV. El más activo de los precursores del propósito independista bajo la
protección británica era el venezolano Francisco de Miranda, inquieto
personaje de la Ilustración que había actuado en la Revolución francesa y
luego como consejero de la gran Catalina de Rusia, lo que prueba sus cualidades
persuasivas y la extensión de sus vinculaciones. Un inglés amigo de Miranda y
como éste de la rama gran Oriente de la masonería, el comodoro sir Home Riggs
Popham [retrato de la derecha], va a intentar la aventura de realizar esas ideas
en nuestro Río de la Plata con una escuadra de ocho buques que traía a bordo
mil doscientos hombres de desembarco comandados por el mayor general Guillermo
Carr Beresford.
El virrey marqués Rafael de Sobremonte, alertado por el gobernador de
Montevideo don Pascual Ruiz Huidobro, supuso que los barcos –por su tamaño-
no podrían entrar al puerto de Buenos Aires, por lo cual se apresuró a mandar
a Montevideo las escasísimas fuerzas veteranas con que contaba la capital del
virreinato, y ordenó el acuartelamiento de las milicias populares.
Pero el 25 de junio recibió con gran estupor la noticia de que los ingleses habían desembarcado en Quilmes y se dirigían sobre Buenos Aires. Rápidamente envió para detenerlos a cuatrocientos milicianos y cien bladengues mal armados, que fueron dispersados por el excelente fuego de las baterías inglesas y el de su disciplinada infantería. Despejado el camino, el jefe inglés intimó la rendición de la ciudad. El brigadier Hilarión de la Quintana, a cargo de la defensa, vio la inutilidad de resistir y entregó la ciudad y el fuerte. Entre tanto, Sobremonte se había retirado hacia Córdoba a fin de organizar desde allí el rescate.
El
general Beresford tomó posesión del gobierno en nombre de Jorge III y obligó
a las reparticiones de la administración a prestarle juramento de fidelidad.
Con la facilísima conquista de Buenos Aires, los ingleses creyeron que habían
ganado el virreinato para el imperio. Mientras, los habitantes de la ciudad se
sintieron consternados y humillados por la derrota, según revelan las memorias
de la época, y aun las de los mismísimos ocupantes, quienes advertían el
rencor latente bajo las relaciones convencionales. No faltó, por cierto, como
el futuro terminaría acostumbrándonos, la facción que trató de congraciarse
con el invasor y se ligó a su suerte: ya habían llegado hasta aquí las ideas
de Francisco de Miranda.
Sobremonte
reunía milicias en Córdoba, Ruiz Huidobro en Montevideo y don Juan Martín de
Pueyrredón [retrato de la izquierda] y otros más reclutaban gente en la campaña.
Sólo se necesitaba el jefe que coordinara estos esfuerzos dispersos y los
organizara para la acción.
1º
de julio de 1806. En una celda del convento de Santo Domingo, el capitán de navío
francés al servicio del rey de España don Santiago de Liniers y Brémond
[retrato a la izquierda, abajo, óleo sobre tela, de Rafael del Villar] mantiene
una conversación secreta con el prior fray Gregorio Torres. Acaba de llegar a
la ciudad. En las últimas jornadas ha permanecido al frente de la batería de
la Ensenada, distanciado de los combates que culminaron con la derrota de las
fuerzas del virreinato. Está decidido a lanzarse nuevamente a la lucha para
liberar a Buenos Aires. Y así lo comunica, con emocionada determinación, al
prior de Santo Domingo:
- Estoy resuelto a hacerlo, reverendo padre. Hoy mismo, en el transcurso de la misa, he hecho ante la imagen sagrada de la Virgen un voto solemne. Le ofreceré las banderas que tome a los británicos si la victoria nos acompaña. Y no dudo que la obtendré si marcho a la lucha con la protección de Nuestra Señora.
La promesa no es vana. Nueve días más tarde, y después de ponerse al tanto de los trabajos de resistencia que organizan en la ciudad los grupos acaudillados por Martín de Alzaga, Liniers se embarca en Las Conchas (el actual puerto del Tigre) y se dirige a la Banda Oriental para combinar operaciones con Ruiz Huidobro.
Beresford,
entre tanto, exige
y obtiene que le sea entregado el tesoro que en el momento del ataque a la
ciudad fuera conducido por orden de Sobremonte a la villa de Luján. Una partida
de soldados británicos se dirige hacia esa localidad y trae de regreso, en un
tren de carretas, los caudales reales. El dinero, que suma más de un millón de
pesos fuertes, es entonces embarcado en una de las fragatas de Popham y
conducido inmediatamente a Gran Bretaña, inaugurando una larga tradición
bicentenaria. Posteriormente será repartido entre todos los jefes, oficiales y
soldados que intervinieron en la expedición.
Buenos
Aires bulle ya en actividades conspirativas. Numerosos soldados británicos son
inducidos a desertar, hecho que obliga a Beresford a lanzar un bando por el cual
amenaza con la pena de muerte a todo aquel que incite a sus tropas a abandonar
las filas. Alzaga, entre tanto, trabaja activamente junto con sus compañeros,
decididos a jugarse el todo por el todo para expulsar a los ingleses. Entre los
cabecillas de los grupos que actúan en la ciudad, se destaca Felipe Sentenach,
el hombre que pone en marcha el “plan de las minas”, con el cual pretenden
volar los emplazamientos de las tropas británicas: el fuerte y el cuartel de la
Ranchería (este último ubicado en la actual esquina de Perú y Alsina). Este
proyecto no se limita únicamente a una operación contra los ingleses; tiene,
también, proyecciones políticas: mientras excavan los túneles, los miembros
del grupo señalan que, si la reconquista tiene éxito, ellos, en nombre del
pueblo, convocarán a Cabildo Abierto para elegir los jefes que “supremamente
han de gobernar hasta que otra cosa se determine por nuestro monarca”. La
decisión de eliminar a Sobremonte del gobierno del virreinato surge, pues, con
mucha anterioridad a la derrota de las fuerzas británicas. El virrey, con su
retirada, se ha ganado el repudio de los criollos y españoles de Buenos Aires
quienes, llegado el momento, no vacilarían en derrocarlo designando en su
reemplazo al caudillo de la reconquista, Santiago de Liniers.
La
acción libertadora se encuentra ya en marcha. Mientras en Montevideo Ruiz
Huidobro y Liniers organizan con el entusiasta apoyo de la población las
fuerzas que habrán de marchar sobre Buenos Aires, Pueyrredón reúne gran
cantidad de paisanos de los partidos de San Isidro, Morón, Pilar y Luján.
También de la capital llegan centenares de hombres, ansiosos por participar en
la lucha. Pueyrredón establece entonces el punto de concentración en la chacra
de Perdriel, propiedad del padre de Manuel Belgrano, que estaba emplazada en los
terrenos actualmente ubicados entre el Colegio Militar de la Nación y la estación
Villa Ballester.
4
de agosto de 1806, a las nueve de la mañana. En el fondeadero del río Las
Conchas reina un movimiento extraordinario. Decenas de pequeñas embarcaciones
se aproximan a la ribera provenientes de la Colonia del Sacramento, venciendo a
favor de una neblina propicia pero habitual en el invierno local la dificultad
de cruzar el río vigilado por los ingleses, y de ellas descienden los soldados
de la fuerza expedicionaria de Liniers. El marino francés, que hace ya más de
treinta años sirve a la corona de España, da así principio a la marcha que
culminará con la reconquista de Buenos Aires. Del gobernador de Montevideo
obtuvo seiscientos hombres, la tercera parte soldados regulares y el resto
milicianos, que se sumaron a los trescientos marineros, y también a un puñado
de franceses de un buque corsario que estaba a la sazón en la capital oriental.
En
menos de una hora las tropas terminan la operación de desembarco. Se resuelve
pernoctar en el lugar para iniciar el avance al día siguiente. Los soldados
deben soportar esa noche una violenta lluvia que, con breves interrupciones,
habrá de prolongarse hasta el día 8. Ese temporal tiene decisiva influencia en
el desarrollo de las operaciones pues Beresford, que se proponía salir de
Buenos Aires para enfrentar a campo abierto a las columnas de los criollos, se
ve obligado a permanecer en la ciudad. Desprovisto de tropas de caballería, el
general inglés considera imposible marchar a pie con sus soldados por los
caminos que la lluvia ha convertido en ríos de barro.
Las
tropas españolas y criollas acometen, sin embargo, la dura travesía por el
lodazal. Salvo una compañía de dragones y la caballería voluntaria que
comanda Pueyrredón, que pocos días antes había sufrido un revés en la chacra
de Perdriel, el resto de la fuerza debe marchar a pie. El 10 de agosto el ejército
acampó en los Corrales de Miserere (actual Plaza Once), y desde allí le intimó
a Beresford la rendición, dándole quince minutos para responder. Ambos ejércitos
disponían de poco más de mil efectivos, pero la diferencia estaba en la
preparación, adiestramiento, equipamiento, armamento y experiencia. La negativa
del jefe inglés dio la señal de la marcha. Liniers dirigió su tropa al
Retiro, en cuya plaza de toros (aproximadamente en la actual esquina de
Santa Fe y Maipú) se había fortificado el enemigo. Se combatió todo el
día 11 desde la madrugada, con gran ardor por ambas partes. Al anochecer, los
ingleses –con su jefe a la cabeza, que había dirigido la acción todo el día-
se replegaron hacia la plaza Mayor y el fuerte.
En
la ciudad, Beresford verifica con alarma la creciente hostilidad de la población.
Mientras, por el contrario, Liniers no dejaba de incorporar entusiastas
voluntarios. Al caer la tarde,
arriba al fuerte el capitán brigadier Hilarión de la Quintana, quien presenta
a Beresford una intimación de rendición. Este último la rechaza en
caballeresco mensaje y, temiendo un sorpresivo ataque nocturno, atrinchera sus
fuerzas en torno de la plaza Mayor. Hombres y cañones son emplazados en el
fuerte, la recova y los
edificios y calles que rodean la plaza. El temido asalto, sin embargo, no
se produce todavía.
Los
cañones son arrastrados a pulso, a través del barro, por cuadrillas de
muchachos. Toda la ciudad está ya en rebelión. Desde las azoteas y balcones se
hace fuego de fusilería sobre las tropas inglesas que intentan abandonar la
plaza para salvar al destacamento del Retiro. Allí
los hombres de Liniers consiguen aplastar rápidamente la resistencia de los
británicos.
Beresford
enfrenta ahora una situación desesperada. Desde todas las direcciones convergen
sobre la plaza grupos de la fuerza enemiga, avanzando a través de los techos y
azoteas. Uno a uno, los puestos avanzados británicos son aniquilados. Es
necesario tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde. Esa misma mañana
Popham baja a tierra y sostiene una dramática conferencia con Beresford. Los
dos jefes comprenden que la aventura ha terminado, y que es preciso actuar
cuando aún queda tiempo para salvar a la tropa. Resuelven entonces embarcar esa
misma noche, en el muelle de la ciudad, a todos los heridos y a las mujeres e
hijos de los soldados que, como era común en la época, acompañaban a la tropa
en las campañas de larga duración. Las tropas, apenas despunte el día,
abandonarán la ciudad y se dirigirán a marcha forzada al puerto de la
Ensenada, donde se embarcarán inmediatamente. Sin embargo, el ejército de
Liniers y el pueblo de Buenos Aires impedirán que los británicos concreten su
propósito.
12
de agosto de 1806. Por las calles que conducen a la plaza Mayor, avanzan en
tropel las fuerzas de la reconquista, envueltas en el humo de las explosiones y
el retumbar de los disparos. Liniers, instalado con sus lugartenientes en el
atrio de la iglesia de la Merced, ha perdido el control de las operaciones: sus
soldados, mezclados con el pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las
voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo.
Un diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza. Allí,
al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada
desenvainada, rodeado de los infantes escoceses del regimiento 71. Esta es la última
resistencia.
Las
descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas. El jefe
inglés comprende que ya no es posible continuar la lucha, pues sus tropas serán
aniquiladas hasta el último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el
fuerte. Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento.
Volcándose
como un torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de
la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos.
En esas circunstancias, una vez más Hilarión de la Quintana es enviado por
Liniers a negociar la rendición. Esta deberá ser sin condiciones. La
muchedumbre, terriblemente enardecida, es a duras penas contenida. Se exige a
gritos que Beresford arroje la espada. Un capitán británico lanza entonces la
suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a la gente y
Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas,
que una bandera española sea enarbolada sobre la cima del baluarte.
Liniers está ahora a pocos metros de la entrada de la fortaleza, aguardando la salida de su rival vencido. Beresford, acompañado por Quintana y otros oficiales, marcha hacia Liniers a través de la multitud que le abre paso. El encuentro es breve. Los dos jefes se abrazan y cambian muy pocas palabras. Liniers, después de felicitar a Beresford por su valiente resistencia, le comunica que sus tropas deberán abandonar el fuerte y depositar sus armas al pie de la galería del Cabildo. Las fuerzas españolas rendirán, como corresponde, los honores de la guerra.
A
las 3 de la tarde del 12 de agosto de 1806, el famoso regimiento 71 desfila por
última vez en la plaza Mayor de Buenos Aires. Con sus banderas desplegadas los
británicos marchan entre dos filas de soldados españoles que presentan armas,
hasta el Cabildo, y allí arrojan sus fusiles al pie del jefe vencedor.
14
de agosto de 1806. En Buenos Aires reina una enorme agitación. Se ha difundido
la noticia de que el virrey Sobremonte regresa a la capital, decidido a reasumir
el gobierno. Esto para los porteños es inaceptable. Grupos de exaltados
recorren las calles, exigiendo a gritos su destitución. Frente al Cabildo,
donde se hallan reunidos en asamblea extraordinaria los principales hombres de
la ciudad, se concentra una inmensa muchedumbre, dando mueras al virrey y
aclamando al héroe de la reconquista.
En
el interior del Cabildo la asamblea se desarrolla desordenadamente, bajo la
presión de la gritería que llega desde la plaza. Sobremonte debe ser separado
del mando, ésa es la opinión multitudinaria. Sin embargo, los funcionarios
españoles de la Audiencia tratan de impedir que se concrete esa medida. Para
ellos, el virrey no puede ser privado en forma alguna de su cargo, pues eso
implicaría un atropello contra la autoridad del rey. Contra esos argumentos se
levanta la airada respuesta de varios asambleístas. Uno de ellos, el criollo
Joaquín Campana, afirma resueltamente:
-¡Es
el pueblo, para asegurar su defensa, el que tiene autoridad para decidir quién
habrá de gobernarlo!
Claro, el júbilo de Buenos Aires era inmenso, así como su entusiasmo por el jefe que había decidido la victoria. Liniers aparecía a los ojos de todos como el caudillo natural, como el conductor providencial y necesario. A ello contribuía, sin duda, la subsistencia del peligro, ya que la escuadra inglesa continuaba dueña del río y esperando refuerzos para intentar el desquite.
En
la plaza la agitación degeneró en tumulto. Juan Martín de Pueyrredón se asomó
a los balcones del Cabildo e incitó a la multitud a exigir la entrega inmediata
del poder a Liniers. La gente se arremolina y atropella contra los guardias que
custodian las entradas del edificio. Muchos consiguen irrumpir en el recinto
donde se celebra la reunión, y exigen enardecidos que se proceda sin más trámite
a acatar la voluntad popular.
En
medio del desorden, los miembros de la Audiencia abandonan el Cabildo, para
provocar, con su ausencia, la disolución de la Asamblea. No logran, empero, su
propósito. Los que permanecen en el edificio ponen término a la discusión y
designan a Liniers jefe militar de la ciudad. Al tener noticia del nombramiento,
la multitud estalla en una ovación ensordecedora. Así, la jornada del 14 de
agosto marca el fin de toda una época. El pueblo de Buenos Aires, al imponer la
designación de su caudillo ha ejercido por primera vez su soberanía.
A
partir de entonces, Liniers desplegó una extraordinaria actividad, dando
muestras de sus dotes de organizador. El aristócrata ligero y un poco escéptico,
dado al ocio y a los placeres, se engrandecía ante la responsabilidad, como es
corriente entre los ejemplares de raza. En once meses convirtió a una población
de tenderos y contrabandistas en una verdadera república militar. Formó
distintos cuerpos de infantería, agrupándolos por sus orígenes locales o
raciales, seis escuadrones de caballería y un cuerpo de artilleros. El caudillo
crea así un nuevo ejército que nada tiene que ver con la fuerza profesional
que hasta entonces existía en el virreinato. El suyo será un ejército
popular, una milicia con sus jefes y oficiales elegidos por la propia tropa, y
que es el origen de los grados de toda la oficialidad del ejército de la
Independencia.
El
enemigo fondeado en la boca del estuario, a la vista de Montevideo, siguió
recibiendo refuerzos de Inglaterra, de tal forma que a mediados de 1807, la
ciudad debió hacer frente a una flota de veinte barcos de guerra y noventa
transportes y a un ejército de desembarco de doce mil hombres aguerridos, con
caballería y la mejor artillería de la época, bajo el mando del general John
Whitelocke. Para oponérsele, Liniers contaba con ocho mil seiscientos
combatientes. Menos de la décima parte eran veteranos y su equipamiento
lastimoso.
Pero,
claro, también contaba con un pueblo de pie.
Muchos
años después Manuel Gálvez en una novela iba a revelar el arma secreta de la
eficacia de la resistencia criolla ante la superioridad militar británica: Decía
uno de sus personajes que ante la prepotencia de la herejía inglesa resultó
imbatible la combinación armónica pero explosiva entre el rezo del santo
Rosario y el aceite hirviendo.
Como
hace doscientos años, en medio de la densa neblina de la confusa alborada
actual, una vez más el pueblo argentino debe ponerse de pie para reconquistar
su destino, su vocación y su patria. Un puñado de patriotas deberá encarnar
el llamado y convocatoria a tal suceso. Y este magno acontecimiento, como hace
doscientos años, parirá necesariamente una nueva jefatura nacional. Cuando
ocurra, igual que hace dos siglos, la Providencia acompañará semejante
pronunciamiento, aunque más no sea embarrando la cancha del enemigo. El Espíritu
sopla donde quiere, pero protege siempre las causas nobles.