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Agenda
de Reflexión
Una
iniciativa de Alejandro Pandra pandra@ciudad.com.ar
Buenos
Aires, lunes 23 de diciembre de 2002
Mordisquito
Una
de las facetas fundamentales del universo de Enrique Santos Discépolo [27 de
marzo de 1901 - 23 de diciembre de 1951] fue su comprometida militancia
peronista. Y uno de los factores que provocaron su depresión y un final
divorciado de la elite intelectual fue, justamente, este aspecto esencial de su
propuesta poética vinculada al conflicto social.
Discépolo
murió distanciado de varios viejos amigos y criticado por sus pares, que le
hicieron un vacío a raíz de su ideología. Defendió con convicción, ironía
y vehemencia lo que él entendía un enorme avance en el desarrollo político y
social del pueblo argentino, el gobierno del general Perón.
Poeta
insigne, compositor, gran actor y autor de teatro y cine, filósofo profundo y
profeta visionario, la radio iba a ser el vehículo para difundir su ideario, en
su famoso y fulminante micro-programa: "¿A mí me la vas a contar?".
Transcribimos
a continuación el último texto leído por Discépolo el 10 de noviembre de
1951, un día antes de las elecciones que concluyeron con un triunfo arrollador
de la fórmula Perón-Quijano, lo que probablemente explique el vehemente tono
intolerante y antiradical:
Mordisquito ¿A mí me la vas a contar?
Bueno, mirá, lo digo de una vez. Yo no lo
inventé a Perón. Te lo digo de una vez, así termino con esta pulseada de
buena voluntad que estoy llevando a cabo en un afán mío de liberarte un poco
de tanto macaneo. La verdad: yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón, la
milagrosa. Ellos nacieron como una reacción a los malos gobiernos. Yo no lo
inventé a Perón ni a Eva Perón ni a su doctrina. Los trajo, en su defensa, un
pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado de un largo camino de miseria.
Nacieron de vos, por vos y para vos. Esa es
la verdad. Porque yo no lo inventé a Perón, ni a Eva Perón. Los trajo esta
lucha salvaje de gobernar creando miseria, los trajo la ausencia total de leyes
sociales que estuvieran en consonancia con la época. Los trajo tu tremendo
desprecio por la clases pobres a las que masacraste, desde Santa Cruz hasta lo
de Vasena [se refiere a la Patagonia Rebelde y a la Semana Trágica],
porque pedía un mínimo respeto a su dignidad de hombres y un salario que los
permitiera salvar a los suyos del hambre. Sí, el hambre y de la terrible
promiscuidad de sus viviendas en las que tenían que hacinar lo mismo sus ansias
que su asco.
No. Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón.
¡Vos los creaste! Con tu intolerancia. Con tu crueldad. Con la misma crueldad
aquella del candidato a presidente que mataba peones en su ingenio porque le
pisaban un poco fuerte las piedritas del camino a la hora de la siesta [se
refiere a Robustiano Patrón Costas, cuya postulación en la fórmula con Ramón
Castillo se malogró con el golpe del 4 de junio de 1943].
Sí,
yo sé que te fastidia que te lo recuerde. Es claro, pero vamos a terminarla de
una vez. Porque yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo la
injusticia que presidía el país. Porque a fuerza de hacer un estilo de tanto
desmán, terminó por parecerte correcto lo más infame. Claro, a vos no te
alcanzaba esa injusticia. Tendrías, como un señor que yo conocía y que iba
todos los meses a cobrarlo, un puesto de ama de cría para cubrir sus gastos,
que se lo pagaban oficialmente, y un sueldo para salir con el clan.
Yo me acuerdo del clan. Y vos también.
Aquella mafia siniestra que salía sólo para aterrorizar gente y mataba una vez
a gomazos, otra vez a tiros y a veces con el camión para hacerlo más
divertido. No, si la memoria fastidia. Pero yo no lo inventé a Perón ni a Eva
Perón. Los trajo la estulticia que manejaba el país. Mirá, si vos hubieras
estado en la Semana Trágica como yo y como tantos, en Cochabamba y Barcala, y
hubieras visto morir primero a aquellos cinco, luego a cientos, y hubieras visto
masacrar judíos por una "gloriosa" institución que nos llenó de
vergüenza, no hubieras formado nunca más parte de ese partido que integrás
por amor propio y quizá por ignorancia de tantos hechos delictuosos que son los
que empezaron a preparar la llegada de Perón y Eva Perón.
En un país milagroso de rico, arriba y
abajo del suelo, la gente muerta de hambre. Los maestros sirviendo de burla en
lugar de hacer llorar porque estaban sin cobrar un año entero. ¡No! ¡Y todo
vendido! ¡Y todo entregado! Yo sé que te da rabia que te lo repitan tantas
veces, pero es que entristece también pensar que no lo querés oír. El otro día,
en un discurso oí que decías refiriéndote a un gobierno de 1918: "Ya por
ese entonces los obreros gozaban...". ¿De qué gozaban? ¡Los gozaban!,
que no es lo mismo. Y, sí, Mordisquito, ¡los gozaban!
La
nuestra es una historia de civismo llena de desilusiones. Cualquiera fuese el
color político que nos gobernó, siempre la vimos negra. Aspiramos a gozar y al
final nos gozaron. ¡Todos! ¡Siempre! Una curiosa adoración, la que vos sentís
por los pajarones, hizo que el país retrocediese cien años. Porque vos tenés
la mística de los pajarones y practicás su culto como una religión. Cuanto más
pajarón él, más torpe y más crédulo vos. Te gusta oír hablar a la gente
que no le entendés nada; la que te habla claro te parece vulgar.
Yo
también entré como vos y, ¿por qué no confesarlo?, me sentía más conmovido
frente a un pajarón que frente a un hombre de talento. El pajarón tiene
presencia, tiene historia larga, la que casi siempre empieza con un tatarabuelo
que era pirata. Yo también me sentía dominado por los pajarones cuando era
chico. Ahora, ¡no! Cuando era chico, sí. ¡Pero no ahora, Mordisquito! Salvate
de los pajarones. El fracaso -por no decir la infamia- de los pajarones fue lo
que trajo como una defensa a Perón y Eva Perón. Pero no fui yo quien los
inventó. A Perón lo trajo el fraude, la injusticia y el dolor de un pueblo que
se ahogaba de harina blanca y una vez tuvo que inventar un pan radical de harina
negra para no morirse de hambre. Tampoco te lo acordabas. ¡Ay, Mordisquito, qué
desmemoriado te vuelve el amor propio!
Te dejo. Con tu conciencia. ¡Perón es
tuyo! ¡Vos lo trajiste! ¡Y a Eva Perón también! Por tu inconducta. A mí lo
único que me resta es agradecerte el bien enorme que sin querer le hiciste al
país. Gracias te doy por él y por ella, por la patria que los esperaba para
iniciar su verdadera marcha hacia el porvenir que se merece.
¡A mí ya no me la podés contar,
Mordisquito!
Hasta otra vez, sí. Hasta otra vez.