LA PATRIA FUSILADA

En la playa de la estación Florida, del Ferrocarril Belgrano, existía un descampado que los pibes transformaron en la tradicional "canchita".

El hermano menor de Livraga terminaba de jugar su último partido, y nos invitó a escuchar la pelea por radio.

Dudamos. Ya era tarde.

Nos despedimos y al otro día nos comentó en el micro escolar que nos llevaba al Colegio Adolfo Alsina, que en la calle Hipólito Yrigoyen, en las cercanías de su casa, había habido una razzia, y varios muchachos, entre ellos su hermano, habían sido detenidos.

Es la primera parte de una crónica inconclusa, la que nos tuvo por protagonistas a los 12 años.

Allí se mezclaban las discusiones sobre si Pedro Delhacha lo marcó bien a Angel Labruna o a Walter Gomez, si Lausse era mejor que Pascualito, y casi ninguno se animaba a hablar del régimen de oprobio de Rojas y Aramburu.

Eramos jóvenes, casi niños. No entendíamos del 4161, aquel decreto de la infamia culturosa que pretendió prohibir que los argentinos pensáramos.

No sería, hasta Rodolfo Walsh, en su "Operación Masacre", donde volveríamos a enterarnos de aquel final con lujo de detalles.

El hermano mayor del compañero de escuela iba a ser el principal testigo de la trama. Lo habían fusilado, y aún con el tiro de gracia, pudo escapar y poner a salvo la verdadera historia.

Aquel 9 de junio, a pesar de la corta edad, buscaba ansioso cerca del 1.110 del dial, lo que finalmente había logrado descubrir: una voz transmitía desde Santa Rosa, La Pampa, otra vez bautizada Eva Perón.

El locutor decía que había estallado un movimiento para devolvernos los derechos.

Todo fue muy rápido. Después de la Marcha de San Lorenzo se escuchó la voz revolucionaria.

Pasaron algunas horas, algunos días. Y otra vez, testigos de la crónica inconclusa.

El mismo micro escolar, pintado de color verde, dejaba la Avenida Maipú en una de sus gambetas. Se detiene frente a una casa. Es la vivienda del embajador de Haití.

Vemos movimientos y una mujer de color negro que grita.

Tiempo después me enteré: en ese mismo momento se había exiliado el General Tanco, junto a Valle, el otro jefe revolucionario.

Terminé el primario. Con el hermano de Livraga no nos volvimos a ver.

Pero hace tres años, en una conversación telefónica en el programa televisivo de P&E, localizamos a Livraga en Estados Unidos y hablamos con él. Nos contó  que en una riña callejera, por la que atinó a pasar circunstancialmente, había sido apuñalado varias veces. Pero él, eterno sobreviviente,  estaba ahí, con vida y contándolo.

Ni las balas de la antipatria en León Suarez, ni un cuchillo yanqui, lo pudieron terminar. Era casi el final de la crónica. Era el símbolo del resistente.

Los años pasaron, y en el medio del dolor, surge aquella frase de inconfesable valor en el momento de su construcción: "... la sangre derramada no será negociada"

Cuando muchos claudicaron, cuando otros pretenden negociarla, cuando la traición es moneda corriente, los héroes de junio son el ejemplo real que marcan a la Argentina fusilada, encarcelada y destruida.

Son la bisagra que separa el 55 del 2000. Ellos están y estarán siempre. Porque lo dieron todo contra la dictadura cruel y asesina de Rojas y Aramburu.

Porque nos enseñaron que los muertos por la Patria jamás se olvidan. Y que todos conservamos la sensación que el nuevo Dorrego que fue Juan José Valle merece el recuerdo constante y permanente.

Sentimos que la Patria fue fusilada.

Pero la Patria existe, la Patria vive y la Patria vencerá.

 

MIGUEL ANGEL DE RENZIS

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