Extraído de "Peronismo y Socialismo" Nro. 1
Sep. 1973
LOS ASESINATOS DE JUNIO DEL 56
EN EL TESTIMONIO DE UN MILITANTE
DE LA RESISTENCIA
JULIO TROXLER
El largo camino de la resistencia peronista
tuvo como doloroso antece-
dente, clave para la ininterrupida política
de terror por parte de las fuer-
zas antipatrióticas y antipopulares, el
bombardeo indiscriminado a Plaza
de Mayo en 16 de junio del 55. Ese hecho de
barbarie no consiguió desper-
tar una conciencia súbita y exacta de lo
que debería enfrentar el Movi-
miento Peronista desde ese momento en
adelante. Todo fue demasiado i-
nicuo e inesperado. El objetivo de aplastar,
definitivamente la manifesta-
ción de la voluntad de las masas buscó
alcanzarse a través de una represa-
lia sangrienta.
Debió pasar un año antes de que el pueblo,
ya minimamente organizado,
tuviera otra prueba de la naturaleza de esas
fuerzas. El bombardeo an-
terior formaba parte de una política; se
trataba de escarmentar, y por ello
los patriotas civiles y militares
intervinientes en el frustrado intento enca-
bezado por los generales Valle y Tanco sólo
podían encontrar una reedi-
ción de los sucesos del 16 de junio de
1955. Quienes actuaban como mili-
tantes a un nivel de organizaciones de
masas, aquellos encargados de a-
segurar nuevamente en Plaza de Mayo la
presencia del pueblo peronis-
ta, sufrieron (al igual que los militares
conjurados para la defensa del
país) el más despiadado tratamiento. La
supresión de todo estado de de-
recho se puso cruelmente de manifiesto en
los asesinatos que siguieron
al intento insurreccional.
Esos asesinatos, 27 en total, se cumplieron
por orden directa del Poder
Ejecutivo, lo cual da más razón a lo que
se afirmaba en la proclama re-
volucionaria del Movimiento de la
Recuperación Nacional suscripta por
los generales Valle y Tanco. Se trataba de
una acción sólo propia de la
"minoría despótica encaramada y
sostenida por el terror y la violencia
en el poder."
Uno de los grupos civiles actuantes en esa
oportunidad fue el de la loca-
lidad de Florida. Contra él se ensañó la
represión a través del brazo e-
jecutor del coronel Desiderio Fernández Suárez,
jefe de Policía de la
Provincia de Buenos Aires, y del jefe de la
Unidad Regional de San Mar-
tín, Rodríguez Moreno, actualmente jefe de
vigilancia de la empresa
de la Banca Morgan, Standard Electric.
Algunos de sus integrantes ha-
brían de morir baleados en los basurales de
José Leon Suárez.
El Movimiento Nacional Peronista en su
conjunto tardó en incorporar
ese y otros hechos similares con todas sus
implicancias. Aún hoy no
tiene a mano su historia, elemento
imprescindible para evaluar los e-
rrores, la efectividad de los métodos
propios y de los del enemigo, las
necesidades que plantea cada nueva etapa del
desarrollo. En este sentido,
debemos aún recuperar cabalmente todos
aquellos testimonios de compa-
ñeros de lucha, testimonios que se han
perdido o por lo menos no se han
difundido suficientemente.
Lo que sigue es precisamente uno de esos
testimonios, Julio Troxler milita-
ba en 1955 en el grupo de la localidad de
Florida, y su relato permite captar
como vivió y soportó esas primeras
jornadas de la resistencia un activista
de base.
Comité de Redacción
-Julio.¿como comenzó a
desarrollarse la resistencia?
J. T. - La resistencia comenzó en
forma espontánea, sin organización centra-
lizada. Fue una acción tendiente a
oponerse, por todos los medios, a quienes
detentaban el poder como
consecuencia del golpe militar de setiembre de
1955. En cada lugar se emprendía la
realización de panfletos, de pintadas y
también de acciones violentas, todo
acorde con la característica de cada com-
pañero, dispuesto a encarar una u
otra tarea.
Era una forma de resistir a los
usurpadores. No hubo tampoco conducción
centralizada en ese momento, porque
si bien es cierto que llegaron algunas
cintas grabadas de Perón, éstas
fueron difundidas en un ámbito muy reduci-
do y la resistencia fue mucho más
allá de ese ámbito. Lo que la define es pre-
cisamente su espontaneidad. Fue algo
instintivo, de defensa. La gente, en su
impotencia, sentía que había
perdido algo, que se lo habían quitado por la
fuerza. Estaba vivo, brutal, el
recuerdo del 16 de Junio de 1955 y todos los he-
chos de barbarie entre los cuales el
más inicuo fue el bombardeo indiscrimina-
do del pueblo en Plaza de Mayo.
-¿Quiere decir que la gente, se
encontró sin otra experiencia que el bombardeo y los ame-
trallamientos del 16 de junio y
el derrocamiento de un gobierno legítimo que sentía como
suyo y que era suyo, o sea se
encontró frente a la violencia del régimen y tuvo que empren-
der una acción defensiva sin
nada preparado para llevarla a cabo?
J. T. - Así es, porque a pesar de
la experiencia vivida en 16 de junio de 1955 no
fue tomado en cuenta en ningún
momento. No hubo ningún plan a nivel gremial
o político para organizar la
defensa. Nadie compartía la creencia de que iban a
darse males mayores. La gravedad de
los sucesos del 55 nos debía haber adver-
tido - yo estuve presente en el
bombardeo de Plaza de Mayo- que estos asesinos,
uniformados y civiles, estaban
dispuestos a cualquier cosa con tal de tener el po-
der. Más aún, los hechos del 55
indicaban fundamentalmente la voluntad de cas-
tigar y aterrorizar al pueblo con un
baño de sangre.
- ¿Conocía a
alguien que previese la dificultades de recuperar el poder?
J. T. - No, en aquella época no. El
fervor era general. Se habían producido huel-
gas muy importantes, casi totales.
Todo estaba paralizado, y los tanques y el e-
jército en la calle, de manera que
no se pensó en eso. El peronismo había demos-
trado gran fuerza como movimiento
social, como movimiento obrero. Las huel-
gas eran verdaderamente aguerridas.
En general la mayoría ni se imaginaba lo
que venía. Parece que uno de los
pocos esclarecidos era Cooke.
-¿El general Valle pensó que
la revolución triunfaría facilmente?
J. T. - Sí, pensaba inclusive que
había que evitar todo tipo de violencia, de des-
manes, y sencillamente llevar la
gente a Plaza de Mayo, para que, triunfante la
revolución, se reclamara la
presencia de Perón en el país. El general Valle dio
instrucción de movilizar a los
compañeros que en gran cantidad teníamos orga-
nizados para concurrir a Plaza de
Mayo. La revolución iba a ser poderosa. Creía-
mos, por otra parte, que Aramburu y
Rojas no resistirían. Fundamentalmente sa-
bíamos que no eran ejemplos de
valor: habían llegado al poder como consecuen-
cia de una asonada vergonzosa. Los
que pelearon fueron otros. Si recordamos
fue Lonardi el hombre que afrontó
los riesgos y los demás jugaron desde afuera
de la cancha.
-¿Se intentaría un nuevo 17 de
Octubre?
J. T. - Exacto. Se buscaba producir
un hecho de signo revolucionario peronista. La
participación popular se iniciaba
desde el vamos, ya con la concurrencia a Plaza
de Mayo y con las distintas
actividades enumeradas. El levantamiento fue mu-
cho más grande y serio de lo que el
propio régimen nos lo hizo creer. No fue, co-
mo se dijo, una cosa de locos, de
tres tipos en desacuerdo...
- También la interpretación
tradicional del 45, la de los historiadores y cronistas contrarios
a la causa popular, tiene la
característica de presentar los hechos reduciéndolos a una serie
de coincidencias donde la
actuación del pueblo no habría sido protagónica.
J. T.- Claro, y en esta oportunidad
había miles y miles comprometidos en todo el
país para participar activamente:
por ejemplo, cortar la luz, interrumpir determi-
nados servicios, entre ellos los
ferrocarriles eléctricos , ocupar la zona del puerto,
etc. O sea que estaba el pueblo. Lo
que falló de inmediato fue la parte militar. Tan
es así que se limitó a valientes
levantamientos en La Plata y en La Pampa, levanta-
mientos por demás precarios. De
manera que lo demás no se pudo poner de mani-
fiesto cabalmente, porque al no
salir la parte más grande del ejército, menos podían
hacerlo los civiles, que son una
fuerza desarmada y por tanto secundaria en un mo-
vimiento de esta naturaleza.
-Sin embargo el enemigo aplicó
el terror sobre el pueblo desarmado.
J. T. - Exacto, y eso lo pudimos
comprobar en carne propia. Cuando nos detuvie-
ron en el año 1956 nosotros
pensamos que podíamos estar unos días detenidos y
que nos largarían después, pues lo
que habíamos hecho no revestía gravedad:
organizar una marcha hacia Plaza de
Mayo para pedir la vuelta de Perón no po-
día significar una pena de muerte.
Sin embargo era necesario hacer correr sangre
de nuevo - como en el 55-, demostrar
cuál era el procedimiento que iban a adop-
tar ante todo tipo de reacción. La
gravedad del papel desempeñado por la oligar-
quía y la antipatria sólo se iba a
comprender con los asesinatos en los basurales
de León Suárez, con las torturas y
la cárcel, vinculándolos con el anterior bombar-
deo a Plaza de Mayo. Era el odio al
pueblo manifiesto abiertamente.
-¿Como fue la detención?
J. T. - La efectuó el coronel
Desiderio Fernández Suárez, quien se llevó a toda la
gente de la casa de Florida con un
colectivo de la línea 19. Mientras tanto Bena-
vídez y yó estábamos recorriendo
los grupos que teníamos en la calle. De modo
que nuestra detención fue posterior
a la de los restantes compañeros. No vimos
cuando Suárez golpeó a Gavino; eso
nos lo contaron después los compañeros.
- ¿Dónde se encontraron con
Gavino y los demás?
J. T. - En la Unidad Regional de San
Martín, luego de pasar por la comisaría 2º de
Florida; a ellos en cambio los
llevaron directamente a San Martín. Es decir, que a
Fernández Suárez no lo conocí
hasta el año 57, cuando me picanearon
- ¿Cuándo supieron que iban a
ser fusilados?
J. T. - Creo que el calificativo de
fusilamiento está mal aplicado, porque se trató de
un vulgar asesinato. No hubo
siquiera un juicio sumarísimo ni una notificación.
Se nos transportó a un lugar - a
los basurales de José León Suárez- y de pronto co-
menzaron a tirar sobre los compañeros.
Nadie sabía nada de nada y de repente al-
gunos encontraron que tenían un
tiro encima. Eso es lo que después dieron a lla-
mar fusilamientos. Yo creía que
simplemente nos trasladaban de un lugar a otro.
Pensé que nos llevaban a San
Isidro, tal vez al Hipódromo porque habría gran
cantidad de detenidos...Pero de
ninguna manera que nos iban a matar. Ni remota-
mente.
- No lo pensaban antes ni les
dieron oportunidad de pensarlo después, porque se enteraron
de que los policías tenían
orden de matarlos cuando ya estaban tirando...
J. T. - Así fué.
-¿Qué tipo de interrogatorio
les hicieron?
J. T. - Un interrogatorio
elemental, pacífico, como para llenar una formalidad y
cubrir los requisitos legales. (Al
principio parece que había dudas, luego, cuan-
do confirmaron el fracaso del golpe,
vino la orden de los asesinatos). El código
señala la obligación de
notificarle a uno porqué se encuentra detenido y de qué
se lo acusa, pero a nosotros ni
siquiera se nos tomó la declaración como imputa-
dos.
-¿Cuáles fueron los
acontecimientos en la Unidad Regional de San Martín?¿Reconoció
a alguien de la policía que
hubiera trabajado con usted?*
J. T. - Sí, un compañero que había
tenido un grado más que yo en la Policía fue
quien me tomó declaración. Buen
compañero ese, pero ahi estaba subordina-
do a los militares, que entraban y
salían. Habían estado en cabildeos hasta que
al fin llegó la orden que nosotros
íbamos a conocer en la forma que conté. De a-
llí nos sacaron en un camión de
asalto de la Policía. Detrás vanía una camioneta.
-¿Por qué creés que nos les
tiraron en la propia regional?
J. T. -Pienso que en la propia
regional tendría más gravedad para ellos.Se trataba
de una zona poblada; se oirían los
disparos y después tendrían que sacar los
muertos. Posiblemente se nos pretendía
matar allá en los basurales y dejarnos ti-
rados para después negar toda
detención. Porque cuando conseguí llegar hasta
casa y le pedí a mi padre que fuera
a la comisaría 2º de Vicente López a pregun-
tar por mí le dijeron que no sabían
nada, que yo no había estado detenido en ese
lugar. Y en la Unidad Regional
San Martin tembién le dijeron lo mismo. Aparen-
temente se pretendía negar la autoría
se esos hechos, tal como se hizo después:
desaparece gente y nadie se la llevó,
aparecen muertos y nadie los mató.
-Sin embargo a los militares los
mataron en la Penitenciaría o en el Regimiento
J. T. - Para entender todo esto hay
que ponerse en el lugar de un tipo que estuvo
en la Policía toda su vida, a quien
le dan orden de fusilar a un grupo de detenidos.
Qué sabe de esas cosas, qué
complicación, qué compromiso. Matar así a sangre
fría, sabiendo perfectamente que es
una monstruosidad, una injusticia. Evidente-
mente hubo en lo que se hizo una
torpeza brutal, ninguna especie de planificación.
De ahí el resultado conocido:
que la mayoría se escapó. Los condenados éramos
once y resultaron cuatro los muertos
y un herido.
-¿Con qué les tiraron?
J. T. - Carabinas, pistolas cuarenta
y cinco; no sé si había ametralladoras. Posible-
mente trajeran alguna en la
camioneta. Pero en un momento disparan tantas ar-
mas que no sé si dispararon
ametralladoras o nó. Ni sé a quién le tiraban tanto.
-¿Cuando los hicieron bajar se
dieron cuenta de que los iban a matar?
J.T.- No. Aunque yo no bajé.
Dijeron "bajen seis" o algo así. Y bueno, obedecieron
otros y yo me quedé arriba. Ya no
me gustaba el asunto. Pensé que era mejor que-
darse arriba; sobre todo porque tenía
dos vigilantes al lado.
-¿Esos vigilantes eran
conocidos?
J. T. - No, pero en determinado
momento es mejor tenerlos al lado por la posibili-
dad de arrebatar un arma. Es una
posición mejor que la de los de abajo, todos a-
lineados en el campo, ubicados.
-¿Los veía a los demás?
J. T. -No. Veía en cambio a la
camioneta que venía atrás y cuando bajaron tenía los
faros prendidos alumbrando hacia
ellos. Yo quería ver y agarré la loneta de ese la-
do para apartarla pero el vigilante
me dijo: "No, no". "¿Qué pasa?", pregunté. "Na-
da, nada", contestó. Medio
temblaba el vigilante. Y se oyó una voz de abajo: "¡No,
no! ¡Cómo van a hacer eso!".
Y en seguida el primer disparo. Luego todo se sucedió
muy rápidamente. Yo agarro los dos
cañones de las carabinas que tienen los vigi-
lantes a mi lado. Ahí empieza un
forcejeo. Otro vigilante que está al frente hace un
disparo que le pega a Mario Brion en
el pecho. Mario Brion se agarra el pecho y no
se mueve más. Murió en el acto.
Estaba un asiento más adelante; en lugar de pegar-
me a mí el disparo lo alcanzó a él.
Inmediatamente empujo con violencia a los dos
vigilantes que caen contra la
loneta. No les podía arrebatar una de las dos carabi-
nas. Además no las podía soltar.
Pero igual me largo del otro lado. Se había tirado
Benavídez en ese momento, que
estaba expectante viendo lo que hacía yo. Era una
noche sin luna. En cuanto me largo
del camión hago un cuerpo a tierra y se produ-
jo una descarga, la primera descarga
de los vigilantes hacia mí. Una bala me rozó
la oreja derecha. No sabía si me
había pegado o no. Un estampido bárbaro en la ore-
ja y el zumbido de la bala. Así
hice luego otro cuerpo a tierra y ya en la oscuridad
me perdí. Evidentemente los
policías que estaban abajo y tenían la tarea de matar
a los demás compañeros se dieron vuelta
al oir esos disparos detrás de ellos, cir-
cunstancia que aprovechó la mayoría
para escaparse. Eso le salvó la vida a varios.
Precisamente ese incidente en el
carro de asalto fue el que brindó la posibilidad
de que se salvaran tantos. Si no, nos
hubieran matado como corderos.
-¿La policía sabía a quienes
llevaba a matar?
J. T. -No sé, porque los vigilantes
no querían hablar. Seguramente tenían órdenes
en ese sentido. Por otra parte
nosotros íbamos sin sospechar nada. Hasta qué punto
era así que pocos metros
antes de llegar al lugar donde se produjeron los hechos
se descompuso el chofer y dijo:
"¿Hay alguien que sepa manejar?". Y Benavídez
le contestó: "Yo". Y Díaz
estaba roncando al lado mío. Por dónde bajó Díaz no sé,
de pronto desapareció. Yo lo tenía
al lado a él y de repente lo encuentro a Pedrito
Lizaso. No sé en qué momento se
tiró. Pero en el camión roncaba. Yo quería comu-
nicarme con alguien y no podía.
-¿A qué atribuye la detención
del núcleo de Florida?
J. T. - Al parecer alguno de los
integrantes del grupo hizo lo que muchos: habló
demasiado. No sé como se enteró
que el general Tanco participaba del movimie-
to; tal vez comentó por ahí que el
general Tanco iba a concurrir a nuestro grupo.
-¿Le preguntaron por el
general?
J. T. - A mí no. Al que le
preguntaron fue a Gavino. El coronel Fernández Suárez
lo golpeó,le puso la pistola en la
boca preguntándole por Tanco. Gavino sabía
tanto de Tanco como yo...
-¿Quiere decir que la detención
derivó de una imprudencia y no de que hubiera infiltrados?
J. T.- Bueno, el grupo cometió el
error de llevar gente no completamente confia-
ble. Benavídez y yo dejamos a los
compañeros en la calle, en bares, distribuidos
aquí y allá. Otros llevaron gente
que nunca habíamos visto. De ahí pudo haber
salido la infidencia, por supuesto.
-¿Los gorilas eligieron ese
grupo al azar para asesinarlo?
J.T.- Exactamente. Desvirtuado lo
del general Tanco, que allí no estaba y de
quien nadie sabía nada, se ordenó
lisa y llanamente el asesinato en masa.
Era un grupo al que se le aplicaba
el terror para que el resto de la población
dijera: "Lo que les pasó a
ellos nos puede pasar a nosotros si nos metemos".
En suma, un escarmiento criminal,
cruel y sangriento amparado en la impu-
nidad de la fuerza.
-¿Lo hizo dudar de la fuerza de
la causa el hecho de que no se produjese una reacción
masiva inmediata?
J. T.- Sólo algunas veces me sentí
un poco decepcionado: no obstante en el
56 se realizó la Marcha del
Silencio por los asesinatos. Yo no estaba en el
país, pero sé que la concurrencia
fue de miles. El hecho posterior más salien-
te y que me provocó gran alegría
fue el Cordobazo; ahí quedó demostrado
bien palpablemente que el pueblo no
se mantiene retraído. Cuando se le
presenta una oportunidad de
ganar la calle sale a pelear. Y eso no se limi-
tó a Córdoba, sino que se repitió
en Tucumán, en Salta, en Cipolletti, en
Rosario, en Mendoza, lo cual nos
demuestra que en el momento necesario
la población va a participar
activamente en el proceso revolucionario. La
extensión del proceso, manteniendo
la línea, facilita una profundización
de la conciencia de la clase
trabajadora peronista. Se recogen las experien-
cias derivadas de haber probado unas
cuantas formas de lucha y se las apli-
ca en el camino de la
reconquista del poder.q
*Julio Troxler perteneció a la
Policía de la Provincia de Buenos Aires y su exoneración,
producida durante el período
del gobierno peronista, se debió a haberse retirado de la re-
partición sin esperar a que el
Poder Ejecutivo de la Provincia de Buenos Aires aceptase
su renuncia. Con respecto a los
motivos que lo llevaron a alejarse de esa función pública,
el propio Julio explica:
"Mi actitud obedeció a que en el momento de entrar a la repartición
tenía un concepto de la función
policial que juzgué desvirtuado por algunos elementos
que no eran fieles servidores públicos.
Mucho después comprendí que esos males que yo
denunciaba en la repartición
eran males menores, quizá inevitables en la Policía. Al lado
de la institución policial que
conocí luego del derrocamiento de Perón, aquella era buena.
Hoy la policía mata
impunemente. En la época de Perón por una cachetada que se le daba
a cualquiera caía un instructor
de La Plata, se labraba un sumario con intervención del
juez y el autor del abuso de
autoridad se veía en un serio aprieto. Actualmente parece que
para los ascensos es tomado en
consideración el número de muertos. Es decir que la situa-
ción de la policía ha cambiado
sustancialmente. Aquella era una policía al servicio del pue-
blo; ésta es una policía al
servicio del régimen."