enviado por Dr. Jorge José Abazyan
1850 - 17 de Agosto - 2003
153° ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DEL LIBERTADOR
San
Martín, como todos los grandes
conductores, ha sido hombre de grandes objetivos, y jamás empeñó acción
alguna tras un objetivo pequeño. Su
vida misma, puesta al servicio de una gran idea, es la prueba de ello, y su
renunciamiento a desviar su conducta hacia cuestiones pequeñas de la política,
evidencia la firmeza de su ideal; y
la máxima que regló su vida: “Serás lo que debas ser, o si no, no serás
nada”, es otra muestra de esta
aseveración.
Conocedor
profundo de su arte, fue un maestro en la economía de la fuerza, empleando
siempre el esfuerzo simultáneo y evitando los parciales.
Así decía en 1814: “Yo
no he visto en todo el curso de nuestra revolución más que esfuerzos
parciales, excepto los emprendidos contra Montevideo, cuyos resultados
demostraron lo que puede la resolución; háganse simultáneos y somos
libres”.
San
Martín caracterizó al conductor reflexivo
y consciente. Poseía las grandes
cualidades morales imprescindibles en un comandante de tropas.
Era también un acabado maestro y un edificante ejemplo para sus
oficiales. Los mejores Generales de
la República en la Revolución fueron reclutados por él o instruidos en la
escuela de su enseñanza, que será la mejor norma eterna para los oficiales
argentinos.
Era
así un conductor y un maestro, difícil dualidad que solo se consigue en los
hombres dotados de un equilibrio extraordinario.
He dicho en otra oportunidad que en tiempo de paz cambiaría un conductor por un maestro. Como también en tiempo de guerra cambiaría todos los maestros por un conductor. Clausewitz hizo por el arte de la conducción más que muchos de los conductores juntos. Estos enseñaron a hacer la guerra, y aquel enseñó a comprenderla.
San
Martín fue para su ejército ambas cosas:
maestro y conductor.
Fue, como todos los grandes conductores, el estratego que busca la batalla decisiva, y al empeñarla llevó “la firme resolución de morir con gloria”, en buscadle aniquilamiento del enemigo.
Su
conducción es clásica, eminentemente clásica.
Su arte es el arte superior de los genios.
Como organizador se distingue sobre todos los conductores americanos de
su época: el Ejército de los
Andes es el mejor ejército que se haya creado en América, tanto en su
organización como en su instrucción y dotación.
Formó personalmente los mejores jefes y oficiales de la Emancipación,
algunos de los cuales se mantuvieron en el comando de sus tropas hasta la época
de la organización nacional, y eran irreemplazables.
Sus tropas instruidas, disciplinadas y entrenadas, fueron superiores a
los veteranos españoles de las guerras napoleónicas.
El
Ejército de los Andes fue creado de la nada.
Fue necesario fabricar todo, y para ello dentro de la falta absoluta de
medios. Sin embargo, San Martín,
con su talento múltiple, montó fábricas, formó depósitos, capacitó
operarios y fabricó desde la canana y el mandil modestos, hasta el propio
afuste del cañón.
Fue
el creador en América de la artillería de montaña a lomo y sobre
prensa-zorra. Fue el primer
conductor sudamericano que dispuso de un Estado Mayor organizado.
También fue el creador de los servicios de estado mayor, revelándose un
maestro en las informaciones y organización de aprovisionamientos y
reabastecimientos. La aplicación
de sus recursos políticos, económicos, financieros, industriales, en el
servicio de un estado mayor, representan hoy un ejemplo a imitar.
Sus planes de operaciones pueden servir de modelo al ejército más
moderno de nuestra época.
En
el campo táctico se distingue la alta inspiración de un Aníbal y de un Napoleón.
Sus batallas son de aniquilamiento absoluto.
El empleo de grandes masas para producir el éxito y explotar la victoria
es su característica más marcada. Empleó
la artillería en masa, por concentraciones de fuego, en contra de las ideas de
la época. La acción sobre el
flanco y la retaguardia del enemigo, por la maniobra de ala, fue su preferencia.
Una
energía extraordinaria en las operaciones y la aplicación de una ofensiva
persistente y metódica fueron las características tácticas de su acción.
En
la batalla su actitud personal fue decisiva, y lo vemos multiplicarse en todas
partes para la dirección de la misma y aún intervenir personalmente en la acción,
cargando al frente de sus granaderos, cuando la situación, como en Chacabuco,
así lo impone.
San
Martín, como todos los grandes
conductores, ha sido hombre de grandes objetivos, y jamás empeñó acción
alguna tras un objetivo pequeño. Su
vida misma, puesta al servicio de una gran idea, es la prueba de ello, y su
renunciamiento a desviar su conducta hacia cuestiones pequeñas de la política,
evidencia la firmeza de su ideal; y
la máxima que regló su vida: “Serás lo que debas ser, o si no, no serás
nada”, es otra muestra de esta
aseveración.
Conocedor
profundo de su arte, fue un maestro en la economía de la fuerza, empleando
siempre el esfuerzo simultáneo y evitando los parciales.
Así decía en 1814: “Yo
no he visto en todo el curso de nuestra revolución más que esfuerzos
parciales, excepto los emprendidos contra Montevideo, cuyos resultados
demostraron lo que puede la resolución; háganse simultáneos y somos
libres”.
San
Martín caracterizó al conductor reflexivo
y consciente. Poseía las grandes
cualidades morales imprescindibles en un comandante de tropas.
Era también un acabado maestro y un edificante ejemplo para sus
oficiales. Los mejores Generales de
la República en la Revolución fueron reclutados por él o instruidos en la
escuela de su enseñanza, que será la mejor norma eterna para los oficiales
argentinos.
Era
así un conductor y un maestro, difícil dualidad que solo se consigue en los
hombres dotados de un equilibrio extraordinario.
He dicho en otra oportunidad que en tiempo de paz cambiaría un conductor por un maestro. Como también en tiempo de guerra cambiaría todos los maestros por un conductor. Clausewitz hizo por el arte de la conducción más que muchos de los conductores juntos. Estos enseñaron a hacer la guerra, y aquel enseñó a comprenderla.
San
Martín fue para su ejército ambas cosas:
maestro y conductor.
Fue, como todos los grandes conductores, el estratego que busca la batalla decisiva, y al empeñarla llevó “la firme resolución de morir con gloria”, en buscadle aniquilamiento del enemigo.
Su
conducción es clásica, eminentemente clásica.
Su arte es el arte superior de los genios.
Como organizador se distingue sobre todos los conductores americanos de
su época: el Ejército de los
Andes es el mejor ejército que se haya creado en América, tanto en su
organización como en su instrucción y dotación.
Formó personalmente los mejores jefes y oficiales de la Emancipación,
algunos de los cuales se mantuvieron en el comando de sus tropas hasta la época
de la organización nacional, y eran irreemplazables.
Sus tropas instruidas, disciplinadas y entrenadas, fueron superiores a
los veteranos españoles de las guerras napoleónicas.
El
Ejército de los Andes fue creado de la nada.
Fue necesario fabricar todo, y para ello dentro de la falta absoluta de
medios. Sin embargo, San Martín,
con su talento múltiple, montó fábricas, formó depósitos, capacitó
operarios y fabricó desde la canana y el mandil modestos, hasta el propio
afuste del cañón.
Fue
el creador en América de la artillería de montaña a lomo y sobre
prensa-zorra. Fue el primer
conductor sudamericano que dispuso de un Estado Mayor organizado.
También fue el creador de los servicios de estado mayor, revelándose un
maestro en las informaciones y organización de aprovisionamientos y
reabastecimientos. La aplicación
de sus recursos políticos, económicos, financieros, industriales, en el
servicio de un estado mayor, representan hoy un ejemplo a imitar.
Sus planes de operaciones pueden servir de modelo al ejército más
moderno de nuestra época.
En
el campo táctico se distingue la alta inspiración de un Aníbal y de un Napoleón.
Sus batallas son de aniquilamiento absoluto.
El empleo de grandes masas para producir el éxito y explotar la victoria
es su característica más marcada. Empleó
la artillería en masa, por concentraciones de fuego, en contra de las ideas de
la época. La acción sobre el
flanco y la retaguardia del enemigo, por la maniobra de ala, fue su preferencia.
Una
energía extraordinaria en las operaciones y la aplicación de una ofensiva
persistente y metódica fueron las características tácticas de su acción.
En
la batalla su actitud personal fue decisiva, y lo vemos multiplicarse en todas
partes para la dirección de la misma y aún intervenir personalmente en la acción,
cargando al frente de sus granaderos, cuando la situación, como en Chacabuco,
así lo impone.
Del libro “Apuntes de Historia Militar” del Mayor de Ejército D. Juan Domingo Perón –